Por: Columna del lector

La arena y los delfines

Conducidos por un espejismo vamos cientos al camino universitario. La mayoría de los temerosos de los números terminan en este oficio, del cual ni siquiera se obtiene una tarjeta profesional (ni falta que hace).

Algunas facultades con mayor o menor tino tratan de enseñar a escribir, investigar, tomar fotografías, hacer videos, manejar redes sociales y más para que sus profesionales puedan ubicarse en el escaso mundo laboral que supone ser periodista en Colombia.

Un modelo de formación tipo navaja suiza donde se debe aprender a hacer de todo, así todo se haga mal. Ya es práctica común en las redacciones ver a periodistas tomando fotos con celulares para ilustrar los temas o pidiendo imágenes de cortesía sólo para cumplir un requisito de diagramación.

De poco sirve que las facultades motiven el sentido crítico, el contraste de fuentes y la redacción cuidadosa, cuando la lógica actual depende de likes, clics, retuits y del free press. Porque ahora también somos controlados por un rating, donde importa lo que entretiene y no lo que informa.

Pareciera que los medios sobreviven en un afán de copiar al último profeta de lo evidente que anuncie lo que ha sido un éxito en España, Estados Unidos y el Reino Unido, para que deba adaptarlo a la brava al contexto colombiano. Convencidos de una crisis que apareció con la internet, que los transformó en medios gratuitos, haciendo permanente lo que ya advertía Daniel Samper Pizano: “Ser periodista es una forma entretenida de ser pobre”.

El nuevo periodista queda reducido al mismo papel que tiene un grano de arena en la playa. Somos paisaje. Carne de cañón para embutir en las ruedas de prensa, luchar por ‘chivas’ y trabajar hasta el cansancio sin importar la familia o los derechos laborales. Todo por mantener el estatus de trabajar en un “medio grande”.
Los mismos que son controlados por los ya camuflados delfines. Porque este país se acostumbró a que los herederos de los que fueron alguien puedan entrar a cargos públicos sin ningún tipo de competencia, mérito o capacidad. Síntoma repetido en la arquitectura mediática donde los ‘hijos de’ tienen más poder y mejor salario que los leales trabajadores que aún están convencidos de que en Colombia hacer carrera es buen negocio.

Esa lealtad no es correspondida. Es costumbre que las ganas de hacer cosas nuevas sean la perfecta excusa para duplicar la labor. Y el afán diario es complacer el capricho editorial de contar historias que muchas veces falsean la realidad, obligando al periodista a “buscarle la comba al palo”. Por eso tenemos titulares tercermundistas como “Un colombiano en la NASA”.

La culpa no reside en los que abusan de la vocación y del hambre, sino de nosotros mismos, los periodistas. En la colección de nuestros temores que nos impide ver el poder que tenemos. Falta en las universidades una cátedra sobre cómo cobrar, falta rebeldía en quienes se acostumbraron a ser invitados a restaurantes que jamás podrán pagar. Falta vencer el miedo.
 

 

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