Por: Arturo Guerrero

La asechanza de los sub-hombres

Hace casi medio siglo, E. M. Cioran, ácido filósofo rumano, tuvo una experiencia demoledora para su sensibilidad. La consignó en su libro Desgarradura, sin imaginar lo rápido que se cumpliría el vaticinio que extrajo de ella.

“Conversación con un sub-hombre —escribió—. Tres horas que hubieran podido convertirse en un suplicio si no me hubiera repetido sin cesar que no perdía el tiempo, que al menos tenía la oportunidad de contemplar un espécimen de lo que sería la humanidad dentro de algunas generaciones”. 

Hoy el globo parece poblado de sub-hombres. Hasta el punto de que esta categoría podría añadirse a la que Oxford acuñó para esbozar el presente: la posverdad.

En efecto, la posverdad es la derrota de la razón. Igual sucede con el sub- hombre. Aquel ejemplar que aburrió hasta el suplicio al filosofo debería de ser un pelmazo, alguien entregado a la deriva de la última alarma, de la banalidad.

Que el gobernador del segundo departamento del país haya elevado a la preeminencia de poeta al cantor del sexo bestializado muestra hasta qué altura de dignidades y jerarquías ha llegado el vacío.

Lo mismo se diría de dos antiguos primeros mandatarios que se arrastran hasta el ridículo por demostrar que ladraron cara a cara con el estrafalario presidente de la mayor potencia mundial. No se equivocan los caricaturistas al dibujarlos como mascotas falderas, como sub-hombres. Como anti-vivos, otra denominación de Cioran.

“Sus conquistas —continúa el examen del rumano— son obra de un traidor a la vida y a sí mismo. De ahí sus aires de culpable, su aspecto turbio, y ese remordimiento que intenta disimular mediante la insolencia y el ajetreo. Si se intoxica de ruido no es más que para escamotear la acusación que no podría evitar si reflexionara acerca de sí mismo”.

Es como si Cioran fuera nuestro contemporáneo y compatriota. Experimentó su suplicio hace cincuenta años pero, ya muerto y desde el lugar donde esté, comprueba el acierto de sus intuiciones merced a las interpuestas personas de nuestros farfullantes sub-hombres públicos.

El pensador resistió tres horas la conversación con aquel espécimen que seguramente era alguien del montón. Los colombianos ¡Ay! estamos a un año de unas elecciones que nos pueden condenar a la pena máxima de ser gobernados por seres anti-vivos, hasta el fin de los tiempos.

No nos queda como consuelo contemplar el futuro de la humanidad. Lo hemos sufrido desde comienzos del milenio, habitamos en este futuro hecho de miedo, rabia, mentira, bravuconería. Nos intoxica la atmósfera del alma, nos hace enemigos de nosotros mismos y por tanto de los demás.

De ahí que sea vital desenmascarar sus modales de insidia, buscar antídotos para el veneno. Es que los sub-hombres no descansan en su ansioso trabajo de emponzoñar la tranquilidad de los frágiles. Ponen sus huevos de pus sobre la piel de un país que tiembla.

arturoguerreror@gmail.com

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