Por: Catalina Uribe

La autenticidad en los candidatos

La autenticidad se ha convertido en la palabra clave para juzgar a los políticos. Muchos votantes evalúan a los candidatos pensando en qué tan auténticos se presentan a los ojos de la ciudadanía. De hecho, el éxito de varios de los gobiernos populistas de la última década ha radicado precisamente en su capacidad para venderse como auténticos. Sin ir muy lejos, muchos siguen atribuyendo el éxito de Donald Trump o de Álvaro Uribe a sus aptitudes para mostrarse genuinos, cercanos al lenguaje del pueblo y cumplidores de su palabra. Pero, ¿los hacen estas características auténticos? ¿En qué consiste la autenticidad de un político?

En días pasados causó revuelo que Cambio Radical, partido del ex vice presidente Vargas Lleras, anunciara que no votará la ley que reglamenta la JEP. Críticos y opositores se quejaron de la falta de lealtad del candidato recordando sus años de trabajo con el Gobierno del presidente Santos. Pero mientras unos lo acusaban de traicionar a la unidad nacional otros lo defendían por auténtico y coherente. “Vargas Lleras siempre ha pensado así, ahora simplemente se está mostrando como es”, me comentó un seguidor del candidato.

En comunicación política un candidato auténtico se define como alguien que es capaz de proyectar su identidad espontáneamente y sin mediaciones. Así, la autenticidad se traduce en aquello que permite que un mensaje sea confiable. Pero una cosa es lo que creemos que el candidato es capaz de hacer y otra los límites morales del aspirante.Y tanto lo uno como lo otro se puede enmarcar dentro de la famosa autenticidad. Para unos es más auténtico quien cumple y ejecuta lo que promete, así sea moralmente reprochable, mientras que para otros es más auténtico quien proyecta coherencia y honestidad.

Evaluar a los candidatos en términos de autenticidad es entonces un juego especulativo en donde “lo real” del candidato es imposible de rastrear. Cada quien le otorga a esta categoría lo que considera más relevante, convirtiendo lo auténtico en una especie de emoción electoral. Pero por más ambigua que sea la autenticidad no hay que descartarla del todo, menos aún cuando la desconfianza por los políticos es cada vez mayor. Repensar la categoría de autenticidad sirve no sólo como una fuerza discursiva que exige un sistema político más legítimo, sino que permite replantear constantemente las demandas que los ciudadanos les exigen a los políticos.

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