Por: William Ospina

La Babilonia industrial

TODO LO QUE SE OYE DECIR DE LA China de hoy parece comprobar la tesis de que el marxismo es el camino más corto entre el feudalismo y el capitalismo.

El próximo año se cumplen seis décadas de la Revolución China, uno de los hechos capitales del siglo XX y quizás el más influyente para el futuro de la humanidad. Imaginar a China antes de esa revolución, la herencia de la tradición feudal, el régimen de los caudillos militares de las montañas, el oprobioso colonialismo inglés y la invasión japonesa, que en el solo desembarco en Nankín produjo 400.000 muertos, es pensar en un mundo devastado por una convergencia de plagas bíblicas.

La miseria, la drogadicción generada por los mercaderes del opio, el desamparo de los pobres, el bandidaje generalizado, y una ciudad como Shangai convertida en una suerte de basurero humano, no permitían imaginar que la China se alzaría de su postración y de sus cenizas y se convertiría en sesenta años en la primera potencia planetaria.

Así como la India parece haber sido el surtidor de buena parte de las tradiciones espirituales del mundo, en términos materiales la China fue la madre de muchos de los inventos que permitieron el desarrollo técnico de la humanidad. Los grandes países se envanecen de haber producido la revolución industrial, la revolución del transporte, la revolución de las comunicaciones, y voluntariamente olvidan que esos inventos del presente son hijos de algunos inventos chinos milenarios como el papel y la imprenta, la pólvora, el reloj, el papel moneda, el sistema decimal y la brújula.

Como suele recordar un amigo nuestro, la China inventó el papel y sólo lo usó para hacer cometas y dragones de colores; inventó la pólvora y sólo la usó para hacer fuegos de artificio; inventó la brújula pero, en vez de enviar por el mundo armadas de conquista, se encerró en sus murallas. Los occidentales se apoderaron de la brújula e invadieron a China; se apoderaron del papel e hicieron biblias para adoctrinar a los chinos; se apoderaron de la pólvora e hicieron armas para someter a los chinos y al resto del mundo. Y fue la llegada del pensamiento occidental lo que potenció la tradicional disciplina de uno de los pueblos más laboriosos del mundo.

A mediados del siglo XIX, Marx, discípulo de Hegel, descifró los secretos designios del capital, y advirtió como nadie hacia dónde marchaba el mundo. Basta recordar que nos dijo con alarmada voz de profeta que en esta civilización marcada por el lucro y por la acumulación, al final todas las cosas se convertirían en mercancías. Desesperado por ese rumbo que veía contrario a los intereses de la humanidad, Marx concibió un proyecto para alterar la historia, poniendo en manos del Estado la orientación de la economía y estimulando para ello grandes revoluciones políticas.

Sus seguidores no se dieron cuenta de cuán marcado por el capitalismo estaba su propio pensamiento. Las revoluciones comunistas perpetuaron todo lo que creían combatir. Militaristas, estatistas, industrialistas, saqueadoras de la naturaleza, ebrias de un ateísmo primitivo carente de toda sutileza, no sólo desarrollaron las fuerzas productivas con la lógica del gran capital sino que eliminaron algunas cosas que permitían moderar sus excesos: el libre debate, la democracia pluralista, la libertad personal. Hölderlin, quien había comprendido mejor que Marx las amenazas de la historia, escribió: “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, se ha construido su infierno”. El siglo XX mostró la verdad de esas palabras.

El ejemplo de China es el más complejo. Porque en Rusia y en los países de Europa Oriental, el modelo de capitalismo de Estado que nació de las revoluciones llamadas socialistas condujo a infiernos de burocracia, de arbitrariedad y de corrupción, y al fracaso del modelo económico; la China comparte esos males, pero hasta ahora ha sido capaz de resolver muchos de sus problemas por el camino de la industrialización, de la centralización de la economía, del aprovechamiento desmesurado de su fuerza de trabajo. Enfrenta, sin embargo, los vicios congénitos del capitalismo: el saqueo de la naturaleza, la contaminación ambiental, la cosificación de los seres humanos, el imperio de la mercancía.

China parece estar llevando el capitalismo a su expresión extrema, como la deliraron los maestros de la ciencia ficción. Alza torres descomunales en pocos días, como los magos de Las mil y una noches, arrasa mil aldeas para inundar una provincia, y construye represas tan desmesuradas que, según dicen, cuando se estaba llenando la famosa “Presa de las Tres gargantas” en el río Yang Tsé, el movimiento del planeta alcanzó a registrar una oscilación.

 Sus puertos de contenedores son cientos de veces más grandes que todos los conocidos, sus fábricas son hormigueros surrealistas donde millares de hombres uniformados de fucsia y de naranja se mueven como autómatas el día entero, su producción de textiles, de plásticos, de fruslerías industriales, excede toda proporción. Ya empieza a sentirse el cambio del aparente igualitarismo de los primeros tiempos hacia la formación de impresionantes fortunas privadas y perturbadores ejemplos de consumo suntuario.

En una boda en Shangai al parecer no bastan dos o tres limosinas como en Nueva York: allí desfilan veinte. En los centros comerciales las tiendas de las marcas occidentales son más grandes y lujosas que en cualquier lugar del mundo.

Es inevitable que la opulencia empiece a tener como correlato otra vez la miseria, la pauperización de grandes sectores, pero, además, para sostener el andamiaje de esta Babilonia industrial la vida de millones de seres humanos se convierte en tuerca y tornillo de una maquinaria implacable. Dicen que la condición de los obreros en las maquilas chinas es escalofriante. Se diría que no estamos ante la redención de la humanidad sino ante su sometimiento a una inusitada máquina de opulencia y delirio.

Sólo un atenuante parecía tener ese salto mortal al futuro. Pensamos que, a diferencia de los Estados Unidos, la China podría moderar los excesos de su modernización por el hecho de contar con una civilización milenaria. Que todo lo medía por siglos, que sabía mirar al pasado y al futuro, que tenía costumbres y rituales, reposo y sabiduría. Pero todo parece indicar que esa es otra ilusión.

Entre la China del pasado y la de hoy, se alzó también el fenómeno de la “Gran Revolución Cultural”, una campaña que, al tiempo que satanizaba la cultura de Occidente, destrozó la memoria milenaria del país. Y es posible que los jóvenes chinos, deslumbrados por la pirotecnia de los teléfonos móviles y las pantallas omnipresentes, estén viviendo hoy el comienzo del porvenir despojados de toda memoria ancestral.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)

Esta tierra donde es dulce la vida (I)