Por: Lisandro Duque Naranjo

"La banalidad del mal"

Escribir sobre el Procurador Ordóñez es algo que causa tedio, pues inevitablemente el texto empieza a resbalarse hacia palabras como inquisición, medievo, fanatismo, hogueras, etc., lo que degrada el lenguaje como si se estuviera en siglos antiguos, supuestamente obsoletos.

Pero qué le hacemos si eso es lo que produce la tierra. Hasta santa tenemos ya, y le hacemos lobby en el Vaticano a un tal Marianito para treparlo a los altares.

Hay una fermentación de religiosidad barata, de populismo divino y castigador, suelta por ahí. La gente se despide de uno por teléfono, y le manda “bendiciones”. Unos concejales de Bogotá se crispan como monjes y lanzan anatemas contra tres garotas que fueron al aburrido recinto a dignificarlo bailando zamba. Uno de ellos, muy cómico, clama para que se prohíba el Halloween por ser “cosa del demonio”. Las adolescentes entusiasmadas por un pelado reguetonero no se autodenominan “fans”, sino “creyentes”. Hace tres años, al actual presidente, para ganarle al candidato Mockus, le bastó con acusarlo de ateo. Y éste, para defenderse, invocó su amistad con un cardenal de entonces, de una parsimonia somnífera en el habla, de apellido Rubiano. Que hacían caridad juntos, que se reunían mucho, vainas de esas. El negocio es montar iglesias por ahí en locales desocupados. Chuzos sagrados.

Al pobre dios lo manosean los protagonistas de novela, las reinas, los deportistas, los presidentes, los ex, mejor dicho, hasta el gato.

Apenas obvio entonces que en medio de esa baba mística emerja la figura de Ordóñez Maldonado, disfrazando el catecismo de carta magna.

Así como a los falsos médicos los sancionan la autoridad y las academias de medicina, a este clérigo impostor debiera denunciarlo la cúpula eclesiástica por ejercicio ilegal de la profesión. Y ni modo de esperar que ese trámite lo emprendan los magistrados o los congresistas, pues a muchos de éstos les tiene parientes con buen sueldo en su sacristía, que para eso maneja más plata —plata de uno, no de él— que el obispo alemán al que echó el papa.

No le va a alcanzar al país el tiempo para desagraviar a Piedad Córdoba de las canalladas que le ha infligido ese funcionario. Igual ocurre con Gustavo Petro, al que le prepara la destitución. Con ambos, este procurador ha utilizado pruebas piratas que serán una mancha en la memoria política, jurídica y cultural de esto acá, que cada vez es menos república. Y con el asentimiento resignado de los ciudadanos, tal y como el pueblo alemán se hizo el que no sabía frente a los horrores del Tercer Reich.

El señor Ordóñez, cuando quemó libros, lo hizo para no tenerlos que leer. Y poder conservarse inculto, “sin el estorbo de una idea”, como decía Lugones en su poema a los caballos. Y “con su conciencia limpia, por no usarla” (Strindberg). Es un hombre que puede llegar muy lejos.

Me he aproximado en estos días a la obra de Hanna Arendt, la judía alemana sobre cuya vida circula en la red una película excelente. Su libro Eichmann en Jerusalem. La banalidad del mal (1963), plantea, a propósito del nazi ejecutado en Israel en 1961, que en realidad no era más que un hombre superfluo con “déficit de pensamiento”, “sin diálogo interior”. Un burócrata perfecto que no distinguía “entre el bien y el mal”. De allí que su idea de la maldad fueran tan banal, y que no se sintiera un asesino. Eichmann, en el juicio previo a su ahorcamiento, alegó: “Yo sólo despachaba a los judíos en los trenes hacia los campos de exterminio. Yo no maté a nadie. Simplemente cumplía órdenes”. De los seis millones de judíos inmolados en el holocausto, este hombre trivial transportó a ochocientos mil en su último viaje hacia la “solución final”.

 

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