Por: Lorenzo Madrigal

La banda, ¿está borracha?

LA CONDECORACIÓN-BANDA PRESIdencial dejó de ser de uso privativo del primer magistrado de la Nación. Comenzó a ser usada —abusada— por la guerrilla, pasando luego por el Congreso y sus llamados dignatarios. Me refiero al tricolor terciado a la bandolera, del hombro derecho al muslo izquierdo, de donde cuelgan borlas doradas. Sólo eso.

Vimos a un Jojoy luciendo ese tipo de bandera al sesgo. Luego, en cualquier condecoración del Congreso de la República, en vez de una discreta cintilla, se optó por posesionar de presidente a cualquier ciudadano, al que se creyera merecedor del discutido homenaje parlamentario. Últimamente, el recién elegido máximo dignatario de la Cámara, don Édgar Gómez, apareció terciándosela, que ya ni para qué aspira al máximo honor de la democracia y de la República.

Por encima de temas especialmente trascendentes: refugiados en desamparo, asesinatos militares, parapolíticas y yidispolíticas, feria de notarías, abuso del poder, cerco de guerra de países “bolivarianos”, en medio de todo este embrollo, el rey no puede salir desnudo, sin que alguien se lo advierta.

Añoro los años treinta, no se diga los cuarenta, en que se guardaban distancias ceremoniales, Dios se revestía (aunque el papa Benedicto exagera), el Presidente en tierras cálidas llevaba un terno blanco o habano y sombrero de fieltro claro; el obispo, sotana impecable, más la cruz pectoral. Bueno, músicos y  orquesta sí iban de guayabera y arrugados calzones de lino.

Vimos en Arauca, en la que resultó una trágica celebración de la jornada libertadora, en el palco de honor de Tame, al Presidente, de un blanco arrugado, con sombrerito panamá a la mano y al cardenal, en pantalones y guayabera, armado de toma vistas (como en vieja canción de Mari Trini), para registrar el paso de los uniformados de la miniparada militar. Estos de ceremonia y aquellos de camping.

Hay que vestir al Presidente, quien ya hizo oso mayor en la España de la corte real con su fracasado frac, confeccionado por un modisto de nota, desatento al protocolo. Estoy por creer que al depuesto presidente Zelaya lo desbancaron por acercarse al tropicalismo de Chávez (a veces, con excesivos arreos, siempre con el fondo de un Bolívar, digno de bus escalera); por querer imitar las chaquetas de safari de Ortega, mientras él mismo se acomodó el sombrerón de Pancho Villa, bajo cuya ala debió protegerse en la frontera de su propio país, amenazado de cárcel por los gobernantes de facto.

Sé que es mucho pedir para  tiempos descomplicados y roqueros, pero la seriedad del poder, su majestad ceremonial, demandaría un tris de atención en aras del respeto público.

 

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