Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

La bandera acuchillada

A la muy goda y parroquial Medellín llegó en 1906 como arzobispo monseñor Manuel José Caicedo, gran excomulgador y prohibidor de libros. Durante 30 años estuvo como pastor de la grey católica de la ciudad de tren, tranvía y chimeneas fabriles, en la que ya había masones, uno que otro socialista y tantas prostitutas como trabajadores. En una plazoleta, en el vértice donde confluyen Barbacoas y La Paz, se erigió una escultura en homenaje al prelado que murió en 1937.

Junto a la escultura se paran hoy decenas de travestis, que, es posible, estremezcan las cenizas del jerarca. Diagonal a la parte trasera de la monumental Catedral Metropolitana, la plazoleta Caicedo es, desde hace años, una convergencia de estos ciudadanos que ya son paisaje en el sector. La “ciudad de la eterna primavera”, que en los 40 tuvo nueve zonas de prostitución autorizadas por la municipalidad (la que, además, se beneficiaba con i mpuestos de los lupanares), es una suerte de paradoja: tan rezandera y, a la vez, tan pagana. El negocio puede más que escapularios y rosarios (también mercancía) y que la comulgada al alba.

En esta ciudad, donde hubo maricas célebres como la Nacha, la Juana, Tahití y quizá el más famoso de todos la Macuá (que declaraba sin gaguear haber sido primera dama de Colombia), todavía es notoria —y violenta— la intolerancia frente a las comunidades LGBTI. Y no faltan los discriminadores, los que se creen muy machotes (y quizá, como dicen las señoras, tengan “algún guardado”), como el sujeto que este último fin de semana bajó, cortó y arrojó a la basura hecha trizas la bandera arcoíris en el Cerro Nutibara.

El individuo de marras, con antecedentes penales, el mismo que en una ocasión iba a apuñalar a una mujer por una deuda monetaria, el que seguro teme que los “rayos homosexualizadores” inventados por sectas y embaucadores lo toquen y lo saquen de su inconsciente clóset, resultó ser de las huestes del Centro Democrático, lo que no es un dato de menor cuantía.

Ya era conocido de autos. En otra ocasión insultó a Navarro Wolf y había posado con una cartulina que decía “Lo que es con Uribe es conmigo”. Su ejercicio vandálico con la bandera que se izó allí por la conmemoración del cincuentenario de los disturbios contra la policía por la represión contra homosexuales en el café Stonewall Inn de Nueva York, se constituyó en un hecho de intransigencia y descarado desafuero. Es una acción propia de ultraderechistas y segregacionistas. En un redivivo ejercicio de bobalicón chauvinismo dijo que protestaba porque habían arriado la bandera de Antioquia. (Quizá ni sabe que el Himno Antioqueño es un canto a la libertad, la misma contra la que atentó el energúmeno).

El hecho, que no es aislado, parece más bien un encadenamiento de acciones saboteadoras, como si se tratara de una especie de kukluxklán a la criolla, y se enmarca dentro de otras situaciones que ya tienen historia en el país. El 4 de agosto de 2014, se suicidó en Bogotá el joven Sergio Urrego tras el intenso rechazo que sentía en el colegio por ser homosexual. Un año después, la Corte Constitucional dictó sentencia mediante la que ordenaba al gobierno hacer pedagogía en contra de la discriminación escolar por orientación sexual.

El Ministerio de Educación sacó unas cartillas que fueron “macartizadas”. Se decía, sin fundamento, que se trataba de una “ideología de género” que quería convertir en homosexuales a todos los niños y jóvenes. Circularon a granel noticias falsas. Y, en ese año, en las votaciones del Plebiscito sobre el acuerdo de paz, la propaganda negra y otras falacias (en especial propaladas por el Centro Democrático) decían que los acuerdos encerraban “ideología de género” y aprobación del aborto.

Esas y otras maniobras han hecho que en el país haya resistencias e irrespeto —basados muchas veces en bulos y otras falsías— contra los LGTBI. Y, a su vez, no es coincidencia que muchas de estas reacciones antidemocráticas se deriven de la estructura ideológica y comportamental del uribismo. Así que, en esencia, no es raro escuchar a miembros de esta bandería gritar que “plomo es lo que hay”, “por las malas es por las malas” y otros desatinos.

En Medellín, ciudad de literatura, de artes, de poesía, de gentes laboriosas, como también de capos y otras desgracias, las luchas democráticas han logrado que de a poco se haya ganado en tolerancia, en el respeto por la diferencia, en la conquista de espacios para los que otrora eran discriminados. Y, quiérase o no, se han desbrozado caminos para identificar a los enemigos del pueblo. Por eso, el tipo destrozador de la bandera LGTBI ha recibido un merecido repudio de la mayoría.

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