Por: Juan David Zuloaga D.

La barbarie II

EN LA ENTREGA PASADA DE LA ATAlaya hablaba de La barbarie, espléndido libro del fenomenólogo francés Michel Henry.

Resaltaba algunos de los temas que el autor pone de relieve para mostrarnos la hondura de la crisis contemporánea. Glosaba el ejemplo de las decisiones de la técnica en una antigua fortaleza griega. Hay otro ejemplo que, por lo impresionante y lo descarnado, hoy quisiera traer a colación. Con él, muestra la manera en la que la ignorancia de la técnica deformó el monasterio bizantino de Dafne. Habiendo observado los técnicos, gracias a sus precisos métodos de datación, que algunas teselas de los mosaicos habían sido añadidas en una época posterior a la de su construcción, en virtud de una restauración que se había hecho imperiosa por los deterioros del tiempo, decidieron quitar esos ‘añadidos’ para volver el mosaico a su estado “primigenio” (es decir, deteriorado). Sin comprender que el deterioro de una obra de arte obliga a restaurar para que un idéntico soporte material nos permita captar la misma obra, explica el fenomenólogo francés. Y concluye: “He aquí una forma nueva de barbarie que no descansa ya en la ignorancia y la pobreza, en el pillaje y la codicia del objeto precioso, sino en la ciencia, sus organismos y sus créditos”.

Hay en este penetrante ensayo páginas, frases en las que uno tiene que detener la lectura para pararse a aplaudir, como cuando, resignado, tras un excurso sobre la televisión y los medios de comunicación en los que pone de relieve la manera en la que éstos hacen a un lado la vida, trayendo como resultado una existencia que el autor llama “mediática”, concluye: en la existencia mediática “cada uno vive una existencia distinta de la suya, de tal manera que el contenido que llega a ocupar su espíritu ya no es producido por él, sino por el aparato que se ocupa de todo y le proporciona sus imágenes, sus esperanzas, sus fantasmas, sus deseos, sus satisfacciones —imaginarias, pero que llegan a convertirse en las únicas satisfacciones posibles cuando la existencia mediática se ha convertido en la existencia real—. Esta sociedad no es tanto la de los asistidos sociales, como la de los asistidos mentales”.

Si no me hubiera hecho reír tanto el sagaz apotegma del autor, insertado en el epílogo del texto, este libro lúcido y desesperanzado me hubiera hecho llorar. Este libro inmenso (pese a no ser particularmente extenso), rico y profundo quisiera uno compartirlo con todos los amigos, con todos los lectores para salvar la cultura, la civilización. La lectura de éste, de todos los libros hermosos como mojón en el camino abstruso de la vida, como leño al que aferrarse en el inminente, universal naufragio.

La obra, amable lector, amerita leerse, amerita estudiarse. La profesora Marcela Forero la leía con sus estudiantes en el curso de Introducción a la Filosofía de la Universidad Javeriana; en este momento no se me ocurre mejor prop

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