Por: Juan Manuel Ospina

La basura no se bota

No. No estoy hablando de corrupción o de corruptos, aunque el título podría servir para el tema. Estoy hablando de las basuras que producimos día a día en nuestra rutina de vivir, mientras seguimos presa de la vieja idea de que las basuras simplemente se botan, se sacan de la casa y se acabó el cuento. Un cuento que podría haber tenido un sentido en el país de antes, con menos  gente y  basura producida, cuando se vivía  en un escenario de oferta ilimitada de materias primas en el cual el verbo reciclar, recuperar, no se conjugaba. En lo fundamental eran desperdicios de origen vegetal y biodegradable; por entonces el plástico todavía no era el rey de la caneca de basura.

Pero ese escenario pueblerino, como todo en la vida, cambió. Las basuras se volvieron problemáticas, porque éstas, los desechos de nuestra cotidianidad, aumentaron vertiginosamente en cantidad y se modificó su composición con elementos que no eran biodegradables, que se acumulaban, hasta originar verdaderas montañas de basuras; su impacto en los alrededores del basurero ya no se limitaba a los malos olores y a las ratas y gallinazos que acudían a  su restaurante favorito. Se empezó a ver que  esas montañas contenían  una riqueza potencial cada día más valiosa  en la medida en que las materias primas, especialmente las de origen minero, se hacen más costosas. Las basuras dejaron  de ser  un desecho incómodo que debía sacarse de la casa y de la vista, apilándolo en algún sitio discreto, para transformarse en  una verdadera mina capaz de producir plata.

 Había nacido el reciclaje, primeramente en manos de los recicladores de la supervivencia quienes,  antes de que las basuras fueran recogidas por el carro de la basura, les extraían botellas, cartón, envases de lata y plástico… para venderlos a comerciantes con bodegas y clientes. Rápidamente esa actividad nacida como de rebusque y supervivencia se convertiría acá y en el mundo en promisorio negocio, impulsado por el costo creciente de unas materias primas cada vez menos abundantes. Ya la prioridad no era encontrar sitios para descargar una basura entendida como un estorbo y no como una posibilidad, sino cómo empezar a organizar su manejo y aprovechamiento: acopio, clasificación y comercialización no solo en el mercado local sino en el internacional. Para que ese cambio se pudiera dar en relación con las basuras domésticas, pues las industriales eran otro cuento, se necesitaba  modificar  la mentalidad de la gente para que en sus  casas separaran  las basuras orgánicas, degradables, de las otras; sin esa separación, la basura doméstica seguiría siendo basura.; algo que en el mundo menos desorganizado es rutinario, acá se ha vuelto tarea imposible.

La Alcaldía de Petro, de manera precipitada e imperativa, no pedagógica, trató de organizar el reciclaje para hacerlo una actividad incluyente como en sus orígenes, y no privilegio de unos pocos, y que se hiciera la separación en la fuente entre lo recuperable/reciclable y lo degradable; así solo llegarían a unos basureros más pequeños los desechos biodegradables, que también  pueden ser transformados y recuperados;  en el límite, se podría darle entierro de primera a la horrenda e irracional figura del “basureo municipal”. Lo de Petro murió en el huevo, por las razones anotadas, y ahora Peñalosa, incapaz de aprender de la experiencia, solo plantea ampliar el plazo de sobrevivencia de Mondoñedo cuando está es mandado a recoger. Más palos de ciego en una ciudad que viene de retroceso en retroceso en los avances que había logrado en sucesivas administraciones, cuando era posible “construir sobre lo construido” para permitirle a Bogotá ponerse  en marcha. Hoy la ciudad es otra víctima de una polarización ciega e irresponsable que se apoderó del escenario público distrital y nacional, frente a una ciudadanía “mamada” con lo que le toca vivir, ajena a la peleadera de perros y gatos en que andamos enfrascados.

 

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