Por: Klaus Ziegler

La batalla contra el cáncer

Hay sucesos que sacuden las bases mismas de nuestro ser; sucesos que nos recuerdan la frágil condición humana y nos advierten sobre el abismo insondable que se extiende a cada lado de la cuerda floja por la que nos vemos obligados a caminar en el trascurso de nuestra existencia.

De los azares terribles que nos depara la vida, pocos son más devastadores que la muerte de un ser querido a causa del cáncer. A la biopsia inicial que confirma el peor de nuestros temores le sigue la tortura salvaje de los tratamientos. Tras los primeros signos de recuperación aparece la ilusión fugaz de haber vencido la enfermedad y la promesa de muchos años más de vida. Pero cuando creíamos ganada la batalla y celebrábamos la victoria sobre el mal, un día, el menos esperado, nos llega la noticia fatídica del regreso triunfal de la muerte. Es el comienzo de un proceso inexorable que irá consumiendo a su víctima hasta dejarla convertida en un saco de huesos; el inicio de un suplicio de dolores indescriptibles que no cesarán hasta el momento del adiós definitivo y el colapso final. 

Después de décadas de esfuerzos continuados, y millones de dólares invertidos en la lucha contra ese temible mal, los científicos creen haber dilucidado los aspectos fundamentales del complejo mecanismo genético que hace que algunas células del cuerpo se subleven y comiencen a dividirse sin control. En una conferencia de la Sociedad Europea de Oncología, celebrada en Berlín, investigadores alemanes anunciaron avances significativos en el tratamiento de algunas de las formas de cáncer más agresivas, como el melanoma maligno y el cáncer de colon.

El milagro es un nuevo fármaco llamado PLX4032, producto de años de trabajo de un equipo integrado por biólogos moleculares, genetistas y oncólogos. El primer gran paso fue identificar uno de los genes responsable de la división acelerada y desorganizada de las células malignas. Este gen, denominado BRAF, está implicado en el 60% de todos los melanomas y en el 5% de los cánceres de colon. Los investigadores demostraron que esta droga revolucionaria es capaz de bloquear la actividad de este gen y detener el crecimiento de los tumores. A diferencia de la quimioterapia tradicional, que inhabilita la maquinaria implicada en la división celular, este nuevo tratamiento interfiere exclusivamente la proliferación de células malignas, sin afectar a las otras células del organismo, evitando así los molestos efectos secundarios de los métodos convencionales.

Un grupo de más de treinta pacientes con cáncer metastásico mostraron una disminución milagrosa en el diámetro de sus tumores después de la primera fase del tratamiento. Los resultados son impresionantes, en palabras del Dr. Paul Chapman, médico del hospital Memorial Sloan-Kettering Cancer Center para el tratamiento del cáncer en Nueva York. Y lo son mucho más si tenemos en cuenta que todos los pacientes tratados con la nueva droga eran enfermos desahuciados en quienes habían fracasado los tratamientos convencionales.

No obstante las buenas noticias, hay que ser cautelosos. En primer lugar, el tratamiento solo es efectivo en pacientes que portan la mutación del gen BRAF, y esto lo hace inoperante en el 40% de los enfermos de melanoma que no lleven esta mutación, y en muchos otros tipos de cáncer.  De otro lado, se han reportado misteriosos efectos secundarios, como el caso de un paciente que después del tratamiento desarrolló un cáncer de piel de células escamosas, distinto del melanoma. A pesar de estas limitaciones, muchos investigadores están convencidos de estar sobre la pista correcta, y de que la cura definitiva de este horrible mal dependerá en últimas de una comprensión profunda de los mecanismos genéticos de la vida misma que yacen en el corazón de la compleja bioquímica celular.

El cáncer, más que una enfermedad, es el resultado de la inexorable lógica evolutiva que dotó a esa forma misteriosa de la materia, que es la vida, de un ímpetu que la ha llevado a conquistar todos los rincones del planeta y a sobrevivir un sinnúmero de catástrofes apocalípticas. Ciego al dolor, y a las pretensiones humanas, ese mismo Élan vital de cuando en cuando hace que algunas de nuestras células inicien una revolución suicida a fin de  conquistar cada rincón de nuestro cuerpo, sin saber que en el intento terminarán por destruirse a sí mismas una vez aniquilen a su huésped.

 

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