Por: Luis I. Sandoval M.

La batalla de Sergio

Sergio es un nombre de origen latino, quizá etrusco, que significa custodio, protector, guardián. En el caso del Alto Comisionado de Paz -Sergio Jaramillo Caro- expresa bien lo que este hace: custodiar, proteger y guardar la paz.

Pero, más allá de la etimología, están las características que los diccionarios de nombres atribuyen a Sergio: “Es práctico, amable, comunicativo e inquieto. Le gusta sobresalir en todo lo que hace. Es constante y dedicado cuando quiere conseguir algo. Tiene una forma de ser precisa, rigurosa y distinguida. Eficiente organizando, conduciendo y gobernando cualquier proyecto que tenga entre manos. Justo y lógico, Sergio es una persona bienvenida donde quiera que vaya”.

Esta referencia no es interesada lisonja de alzafuelles. Es, sí, un reconocimiento con el cual quiero resaltar aquellas condiciones y calidades que se requieren para manejar el delicado asunto de la paz. La cuestión no es tan solo de tino en las palabras, lo cual es ya definitivo cuando de superar una aguda confrontación se trata.

Lo que el país tiene que percibir y valorar es la ardua batalla que está librando el Alto Comisionado de Paz, con palabras y hechos, para que no solo en La Habana salgan bien las cosas sino también en el país, para que se supere el curso divergente de lo que acontece en la isla y lo que acontece en el territorio colombiano.

Jaramillo realiza, junto con todo el equipo de negociadores, un excelente trabajo en cada ronda de conversaciones y luego viene al país a emplear cada minuto en informar y motivar a la sociedad respecto al proceso de paz. Se está echando sobre los hombros una ingente tarea que no le corresponde a él solo y en la cual no lo acompaña con brío similar ningún ministro, ni autoridad nacional o regional alguna.

Coyuntura. La ambigüedad tormentosa de “quiero la paz pero hago la guerra” no se tolera más ni en el gobierno ni en la guerrilla. La guerra está ahogando los diálogos. La ferocidad de las acciones bélicas de ambas partes, bombardeos o voladuras, la muerte de oficiales y de jefes, policías, soldados y guerrilleros, la victimización de indefensas comunidades por unos y otros, está haciendo sentir y pensar a grandes sectores de opinión que no es creíble un acuerdo para terminar el conflicto armado y dar paso a la construcción de la paz.

Los hechos de guerra que han ocurrido en los últimos tres meses son devastadores. “Se está jugando con fuego”. Es precio que el movimiento de paz reaccione con la capacidad de movilización que mostró el 9 de abril. Con iniciativa política y decisión total de incidir.

Más que por palabras, la pedagogía para la paz pasa hoy por hechos. Para revertir el enorme daño ya infligido a la credibilidad del proceso se necesitan hechos convincentes de paz de parte de los insurgentes y de parte del Gobierno. Resultados en la mesa, cercanía de los acuerdos, formalización de otros diálogos.

Necesitamos parar la guerra ya. Innumerables voces lo demandan. La lógica de las víctimas debe primar sobre la lógica de los armados. Lo dice el campesino, el indígena, el afrodescendiente, la gente del común en pueblos y ciudades, hasta parlamentarios en las Comisiones de Paz de Cámara y Senado.

Para rodear de apoyo el proceso se realizará encuentro nacional de paz los días 22 y 23 de julio en el capitolio nacional. El movimiento de paz está en desarrollo. De la exigencia con movilización callejera por el cese de fuegos no sería raro que la ciudadanía pase a la desobediencia civil.

@luisisandoval  

 

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