Por: Alberto Donadio

La Bella

SEGÚN UN ESTUDIO DE PEPPERMINT University, los niños que desde pequeños tienen la ambición de ser presidentes presentan la tendencia a exhibir una fisionomía facial bastante desmejorada.

En el caso de J.M. Santos, que desde el mismo instante de la concepción quería ser presidente, los resultados están a la vista. Nadie lo supera en ambición desbordada por la primera magistratura, pero sí lo superan todos sus antecesores en mejor rostro. (Hay una excepción, según el estudio de Peppermint: cuando el occiso, digo el ambicioso, lleva el apellido Kennedy). J.M. Santos es extraordinario, formidable, único, inigualable, en el rubro de la ambición. Así como Luis Alberto Moreno es el mayor intrigante que ha producido la historia de Colombia, así como sus altezas reales los López (López Pumarejo, López Michelsen, López Caballero) conforman la más elevada monarquía criolla del cinismo (“esas son pendejadas”, ha sido la filosofía unívoca y perpetua del abuelo, del hijo, de los nietos), la ambición de J.M. Santos, la más grande que se conozca en Colombia, al fin lo llevó a la Presidencia. Y ahora demuestra además habilidad refrescante en el cargo, instaurando un modelo de gobierno basado en el cuento de hadas La Bella y la Bestia.

 La Bella es la ministra de Relaciones Exteriores, María Angela Holguín, quien resolvió ya la crisis con Venezuela. 

Chávez Frías se exhibía en Cartagena como “un gran papagayo tornasolado“, que fue la definición que sobre él nos legó Gabriela Mistral refiriéndose al tropicalismo retórico. Sí, los poetas poseen el artilugio futurista, nos dejan el arte de lo veraz, de la verdad que se puede ver y tocar, aun en el porvenir. O como decía Ezra Pound: la poesía es noticia que sigue siendo noticia. En lugar de interpelar al papagayo, que fue lo que hizo el gobierno anterior, incluyendo a J.M. Santos, ahora se le deja hablar y se entiende que es mejor no enfurruscarlo.

La Bella no fue nombrada por bella sino porque es seria, informada y competente. Pero su belleza llama inevitablemente la atención. Si el Presidente es mucho menos apuesto que sus antecesores y que todos los virreyes y oidores juntos y que el arzobispo Caballero y Góngora, en cambio la Bella es más bonita que tantas otras anteriores. No puede competir con ella Noemí, la antioqueña de bíblico nombre que fue canciller y embajadora y que, apenas agraciada,  se le admira porque tuvo la personalidad de exhibirse durante más de veinte años ante 44 millones de colombianos y ante dos cortes europeas con un C.I. tan bajo.

La Bella en cambio es inteligente y eficiente. Si brilla por bonita no es porque se exhiba. La Bella es más chusca que las primeras mujeres que aparecieron en la política colombiana, como Josefina Valencia de Hubach, Esmeralda Arboleda de Uribe, Migdonia Barón, y claro, la primera de todas, María Eugenia Rojas de Moreno Díaz, para no hacer comparaciones que puedan molestar a otras damas más recientes.

Con agudeza pareja con su ambición, J.M. Santos se guiará por el cuento de hadas. Reconoce que reunido el honorable consejo de ministros, él y el vicepresidente hacen colapsar el promedio estético. Porque el vicepresidente es tan parecido a y tan atractivo como era María Eugenia Rojas por allá en 1953, cuando todavía no era María Eugenia Rojas de Moreno Díaz, y cuando todavía era belfa (belfa, no bella) y no se había hecho operar en Miami. ¿O me equivoco, Capitana?

Viva el gobierno de la Bella.

 

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