Por: Andrés Hoyos

La belleza

El así llamado arte contemporáneo se cansó de la belleza. Desde hace años, sus eventos están repletos de cosas feas que llevan mensajes inanes.

Tan sólo en ArtBo vi estos: “El volcán estallará, iluminados esperamos”, yea, yea. “¿Qué es exactamente vivir? ¿Algo más que un amasijo de acontecimientos?”, yea, yea. “El futuro no es de los resignados; se construye paso a paso y sin permiso”, yea, yea. Todo explícito y explicado en una prosa mazacotuda.

La belleza sí tiene una historia traumática —alguna vez Arthur Rimbaud la sentó en sus rodillas y la encontró amarga—, pero nunca antes había sido echada a la calle como una cualquiera. La intención del artista solía ser conmover, algo de lo que no queda ni rastro. Esa conmoción no la lograba sólo la belleza, claro, sino la belleza inserta en el drama, en los afectos, en la vida galante, en la historia y hasta en el humor —pienso en Arcimboldo, aunque también estaban Goya y Félicien Rops—. Hoy, en cambio, predomina la simulación, una lógica circense al estilo de P.T. Barnum, según la cual mientras más raro y escandaloso resulte algo, mejor.

Hemos sido muchos los amantes del arte que nos indignamos ante el cuasi monopolio que hoy tiene en él la baratulina. Mi turno fue hace más de diez años, pero con frecuencia surgen voces nuevas que señalan con obstinación la desnudez del emperador posmoderno —pienso, por ejemplo, en las devastadoras conferencias y escritos de la mexicana Avelina Lésper—. Hay algo, sin embargo, de lo que George Orwell no nos advirtió y con lo que no contábamos: que Big Brother es sordo como una tapia o que tal vez se hace el sordo mientras cuenta allá en su cueva los millones de Ali Babá. De ahí que ante la crítica cuidadosamente razonada, el burócrata complacido apenas si se alce de hombros.

No sobra, aun así, repetir que esta mensajería bienpensante es inocua, que la realidad política, social y ecológica a la que pretende dirigirse no se ha movido ni un milímetro por cuenta de su gesticulación burda y estridente. Una contradicción salta a la vista: las innumerables diatribas al capitalismo y a su modelo de desarrollo ahora reposan, junto con los tiburones podridos de Hirst, en las salas de gente muy rica que en la vida real se lucra, digamos, de la venta antiecológica de carbón. Es la belleza de la economía de mercado, que no discrimina, que convierte todo en sumas de dinero y en mercancías que pueden pasar de mano en mano sin que nadie sepa a quién pertenece en últimas cada mano. Porque lo que no admite discusión es que, pese al ruido, el dinero domina el mundo del arte como nunca antes.

La belleza no se ha ido del todo. Subsiste bajo el radar, arrinconada, vapuleada, en la poca pintura y escultura de calidad que todavía se cuelan por las rendijas del falansterio, en la ilustración que vemos en las revistas, en tal cual bella animación de internet y así. Surge incluso la paradoja de que, al dejar de ser monedita de oro que le gusta a todo el mundo, la belleza está pasando por una depuración, por una cura por humillación. Tan sólo se dedican a ella los que tienen una vocación a prueba de agravios.

Bien visto, si Big Brother es sordo y si hay compradores ávidos para cada gesto supuestamente transgresor o a lo sumo ingenioso del arte contemporáneo, uno se dice: que con su pan se lo coman. Son adultos y es su dinero. Que compren y vendan lo que quieran.

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