Por: Esteban Carlos Mejía

La belleza escondida de las mujeres

¿La literatura es mímesis? ¿Imitación o copia? ¿El escritor de ficción debe limitarse a recrear la naturaleza de la sociedad? ¿O puede inventar? ¿Tiene que autoimponerse la camisa de fuerza del realismo, fuera del cual, según la ortodoxia marxistoide, no hay salvación? ¿La mímesis ha de ser local o global business?

No son preguntas fáciles. Toda novela tiene su entresijo, como dice mi tía Susana a sus 101 años y siete meses de vida. Cada creador encuentra la respuesta conveniente. Porque la mímesis también puede ser un comodín.

¿Para qué esta introducción? Para presentar ante ustedes La casa de la belleza (Emecé Cruz del Sur, febrero de 2015), la más reciente obra de Melba Escobar de Nogales, Melba Escobar para sus felices lectores. Empiezo por decir que es una novela inteligente, crítica, sin contemplaciones, mitad thriller, mitad anti-establishment. Transcurre en Bogotá, en la actualidad, y no es un simple calco de la realidad. Es una creación consistente, incisiva y muy verosímil. La protagonista es una joven mulata cartagenera, Karen Valdés, masajista en un spa para mujeres ricas y famosas, en la Zona Rosa. Su vida, como tantas otras, es doble o triple: mamá soltera, chica prepago por las noches, semisuicida. Por ella conocemos a otras mujeres, casi todas clientas de esa Casa de la belleza, templo del hedonismo ordinario, obsesionadas por la belleza y devastadas, sin saberlo, por las secuelas del arribismo.

¿Quiénes son? Claire Dalvard, psicoanalista, burguesísima, más o menos consciente de sí misma. Lucía Estrada, psiquiatra, escritora de textos de autoayuda, que su marido, Eduardo Ramelli, publica abusivamente a nombre de él. Sabrina Guzmán, exadolescente violada y asesinada por Luis Armando Diazgranados, dizque su novio, hijo del poderoso y corrupto senador Aníbal Diazgranados. Kollak, mejor dicho, Obdulio Cerón, esforzado detective privado, capaz de desentrañar un crimen pero impotente ante las manipulaciones de la justicia colombiana. Consuelo Paredes, mamá de Sabrina, con el alma descuartizada por el dolor y la rabia. Et alia. Todos conviven en un vendaval de deseos, envidias, hipocresías: cruda escanografía de la Bogotá de hoy, más una cloaca que una Atenas Sudamericana. Son personajes construidos con rigor y sensibilidad, no mamarrachos en blanco y negro sino seres de ficción, torcidos y retorcidos como los de carne y hueso.

Melba Escobar es caleña, como Pilar Quintana, autora de Coleccionista de polvos raros, y como Natalia Jiménez Cardozo, cuyo libro Una cosa a la vez ganó en 2012 el prestigioso premio de cuentos de la Universidad Industrial de Santander, en Bucaramanga. Las tres, a lo mejor sin conocerse, tienen la cosita esa del suicida Andrés Caicedo: narran muy bien, sin rodeos ni arandelas, con carácter y pericia.

La casa de la belleza es multifacética y uno se le puede aproximar sin aprensión por cualquiera de sus 360°. Una mímesis novelística según mandan los cánones. Con un plus: tiene sus entresijos, como dice mi tía Susana Mejía, sor Susana de María Auxiliadora.

Rabito de paja: “Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa y tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen”: Jorge Eliécer Gaitán, Oración por la paz, 7 de febrero de 1948.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

Cállate y sálvate

¿Hasta cuándo las cumbres borrascosas?

No queremos goles… ¿queremos frijoles?

Juan, el Cuadrado