Por: Pascual Gaviria

La bendita 'Niña'

El "histórico" gobierno de Juan Manuel Santos sigue confundiendo las ejecutorias públicas con la aprobación de leyes.

El presidente parece convencido de que sancionar, o sea firmar, las decisiones del Congreso es una tarea suficiente, además de necesaria. Hace poco descubrió, entre “horrorizado” y “estupefacto”, que objetar esas mismas decisiones puede ser incluso más importante. Pero ese es otro cuento. El caso es que en Palacio están seguros de que los eventos cruciales suceden sólo en el Salón Elíptico, la sala de crisis del Ejecutivo y en los pisos superiores del Palacio de Justicia. Todo lo demás es mecánica administrativa ajena al “estadista” que repasa el futuro desde su sillón.

Ahora que se ha vuelto urgente mostrar algún trabajo palpable, el Gobierno debería mirar a sus pies y descubrir a Colombia Humanitaria. En vez del casco que promete de Germán Vargas Lleras debería enfocar las planillas de Everardo Murillo. Y antes de sacar pecho con los contratos que firmó Germán Cardona, simples papeles al fin y al cabo, debería enseñar la logística que ayudó a crear Jorge Londoño, contratación fulgurante en su momento y muy pronto olvidada en el banco de suplentes. Es cierto que ahí no están los ministros con ambiciones políticas ni los partidos ni las cumbres ideológicas. Pero en cambio hay un ejercicio de descentralización que demuestra que alcaldías y gobernaciones pueden cumplir un papel distinto al de aplaudir o presionar en los Acuerdos para la Prosperidad. Y están invertidos $5,3 billones con cuentas que parecen satisfactorias y obras que no son “corredores de competitividad”, pero sí caminos obligatorios para vivir en más de 1.060 municipios que sufrieron grandes daños durante el invierno del año pasado.

Colombia Humanitaria fue la encargada de atender a 2’400.000 damnificados. Durante algunos meses vimos escenas conmovedoras, pero es justo decir que el Gobierno evitó las hambrunas y las epidemias en medio de cientos de municipios bajo el agua. Sólo en entrega de mercados, pago de arriendos, construcción de albergues y kits escolares se gastaron $1.400 millones. Los alcaldes y gobernadores, sin tiempo para pensar en compromisos futuros ni en el Excel del “hombre del computador”, sirvieron para contratar obras de pequeña y mediana envergadura. Además del acompañamiento de Contraloría y Procuraduría se contrataron cinco empresas encargadas de vigilar las obras sobre el fango. Cada obra se visitó en promedio 4,5 veces. Se demostró que en los pueblos es necesario estar ojos a la obra. Y que los alcaldes deben ser los dolientes de las necesidades en sus municipios. Tal vez por eso hoy la ejecución de obras contratadas con los entes territoriales está cerca del 87%, y las que se hicieron con ministerios y otros entes nacionales está llegando al 67%. En los pueblos hay más de 3.000 obras terminadas y otras 1.500 cerca de su fin: reparaciones de vías, jarillones reforzados, retroexcavadoras listas en los parqueaderos municipales. De 4.200 obras apenas 500 tienen problemas graves.

La “maldita ‘Niña’” ha terminado por mostrarle al Gobierno que se pueden hacer las cosas sin tanta grandilocuencia. Tal vez sea hora de dejar de mirar al edificio del Congreso y comenzar a pensar en los palacios municipales.

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