Por: Daniel Pacheco

La bienvenida confusión de la diversidad

En las sociedades diversas, donde el individuo y su libertad son valores prioritarios, uno se puede identificar como le plazca.

Esta idea crea una serie extraordinaria de complejos debates insospechados, a los que deberíamos darles la bienvenida, aceptando que tomará tiempo para que dejen de sumirnos en un constante estado de confusión.
 
Esta parece ser una de las conclusiones de la fascinante discusión en EE.UU. sobre una mujer blanca que decidió identificarse como negra, Rachel Dolezal. Con diversos engaños y cambios de apariencia, Dolezal tuvo convencido a su pequeño pueblo de Spokane de que en efecto era negra. Incluso ahora, después de que se ha convertido en una figura nacional y ha dado tres entrevistas, y de la publicación de cientos de opiniones sobre el tema, no estoy seguro de cómo escribir sobre Dolezal. ¿“Es negra”? ¿“Se identifica como negra”? ¿O es una señora blanca mentirosa y muy confundida?
 
Los nuevos problemas con la autoidentificación saltan a la vista cuando la nueva identidad choca con un hecho patente que lo contradice. En el caso de las personas transexuales, por ejemplo, nacen en un cuerpo distinto al género con el cual se identifican.
 
Actualmente, en los círculos más tolerantes e ilustrados de las sociedades liberales, ha crecido el entendimiento y la tecnología médica para aceptar y ayudar a estas personas a encontrar una armonía entre sus cuerpos y sus identidades. Estamos (una minoría creciente, espero) dispuestos a aceptar esas identidades, y a cambiar la forma en la que nos referimos a él, ahora ella, o viceversa.
 
Pero la adopción de identidades más diversas ha cuestionado categorías que antes eran extendidas e incuestionables. El sexo, el género y ahora la raza. Categorías que, con mucha razón, sostienen algunos, ayudaron a generar odios y propiciaron la intolerancia.
 
Pero esta crítica viene también con ciertos peligros. Primero está derribar todas las categorías como una misión de principio, sin reconocer que algunas están sustentadas en hechos comprobables. El caso de la identificación racial llega en ocasiones a negar que la “raza”, o la estratificación poblacional, como la llaman los biólogos genéticos, está afincada en factores físicos comprobables. Uno puede sentirse negro, pero a no ser que alguno de sus ancestros tenga genes de la subpoblación humana que evolucionó parcialmente aislada en el África subsahariana, no lo es, por más bronceador y trenzas que se haga.
 
En este punto, la biología evolutiva tiene cosas mucho más interesantes para decir de lo que los científicos sociales han estado dispuestos a reconocerle, con su insistencia en que la raza es exclusivamente una construcción cultural.
 
Por otro lado, en ocasiones no nos damos cuenta de que derribar categorías es un privilegio de unos pocos. Como han argumentado varias voces negras sobre el caso Dolezal en EE.UU., cuando una blanca echa por tierra las categorías raciales no se está teniendo en cuenta que ese es un privilegio que no tendría una persona afro en su propio país. Ni siquiera Michael Jackson lo logró.
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