Por: Esteban Carlos Mejía

¿A la brava y por placer?

SUENA EL TELÉFONO. SON LAS 3:23 a.m. y es Isabel Barragán, amiguita del alma. Habla con voz amodorrada.

“Me despertó una pesadilla”, se queja. “¿Tu marido?”, le digo. “Bobo. Fue una pesadilla intelectual”. No me la imagino en las vaporosas piyamas, casi inconsútiles, que usaban Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe. ¿Camisetica y shorts? ¿Nuda? ¿En pelotica toda ella? Mejor le pregunto qué tiene puesto. “Pervertido... no te importan mis sentimientos, ¿cierto?”. Cuelga feroz pero al momentico vuelve a llamar.

Está compungida. “Soñé que tenía que leerme todos los libros recién salidos de la imprenta”. “¡Por Dios!”, le digo. “En el sueño yo estaba en primer semestre de universidad y el profesor de Preceptiva, un gordo repelente y morboso, me dijo que debía leer todas las novedades del mercado editorial. ‘Se las lee o pierde la materia. Y acuérdese, señorita, usted está sentada en la nota’. Fue horrible”.

Suelto una carcajada. “¿Qué hiciste?”. “Le contesté que no, que yo quería leer El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. ‘¿Eso?’, dijo el barrigón. ‘Está pasado de moda. Debe leer lo in, lo pupis, lo último en guarachas’. Dije que yo quería leer No es país para viejos, de Cormac McCarthy. ‘Ni crea’, gruñó el panzón. ‘Ese libro tiene más de un lustro’. Me largué a llorar”.

Trato de darle algún consuelo, no way, está lejos, en cama ajena. “Le canté la tabla al sebo ese”, dice, casi en sollozos. “Se puso a tutearme: ‘Por tu bien, capullito, tienes que leer. ¿Quién te dijo que leer es un placer? ¡Es una obligación! Debes leer lo que digan las revistas de farándula literaria de Planeta, digo, del planeta’. ¡Gordo asqueroso!”.

Isabel suspira: “Entonces me embejuqué de veras y le dije vea, viejo güevón, yo leo lo que a mí me dé la puta y reverenda gana. Voy a leer Disfrázate como quieras, de Ramón Illán Bacca, aunque sea una novela de 2002. Puede llorar. Y también voy a leerme To kill a mockingbird, de Harper Lee, de 1960, un libro cincuentón, ¿oyó? Se asustó: ‘O lee lo que yo diga o la castigo’. Y sacó la lengua, gruesa como un vibrador, bífida, políticamente correcta. Por fortuna, en esas me desperté”. “Ufff, mera pesadilla anti Borges”, digo, convencido de que con eso la voy a calmar. “No, pues, qué alivio”, replica de mal genio, y cuelga. ¡Pum! ¿Se dormiría o soñaría otra vez con el mercachifle de lecturas?

Rabito de paja: “Estos pueblos hermanos, Colombia y Venezuela, conservan sus peculiares notas, sus realidades diversas pero cada día se acercan más los unos a los otros. Y esas distintas realidades pueden condensarse en una sola afirmación que hace temblar el criterio feudal de las castas minoritarias que todavía en América imperan; pueden sintetizarse en el deseo que todos anhelamos y que todos impondremos: queremos que los amos sean menos amos para que los siervos sean menos siervos; queremos que los poderosos sean menos poderosos para que los humildes sean menos humildes, y queremos que los ricos sientan que deben ser menos ricos para que los pobres reciban mejor remuneración por su trabajo”. Jorge Eliécer Gaitán, 18 de octubre de 1946.

Rabillo de paja: Y al pobre Uribe, Obama sólo le dio un autógrafo en una servilletica de papel.

 

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