Por: Armando Montenegro

La caída

No es una rareza el desplome de los personajes: terminan un día en un pedestal con la misma naturalidad con la que más tarde se los baja. Se han visto caer, a pedazos, y enteras, las efigies de Saddam Hussein, de Lenin, de Franco (hace poco la prensa anunciaba que estaba por echarse al piso una de las últimas del Generalísimo).

Otros, que no tuvieron estatua, pero sí foto, también fueron echados del lugar: un miembro del ejército argentino, por orden de Kirchner, montó una escalera y bajó a Videla de la galería de retratos de los presidentes de su país. Las fotos de los mandatarios colombianos que adornan las miles de oficinas públicas se mudan rutinariamente después de las elecciones. Las venias y las lambonerías se concentran en los que llegan.

Caen también los ídolos forjados por la fama, los medios y la opinión pública. Se desploman con la revelación de cosas incómodas, con la aparición de hechos que enturbian sus antes admiradas hojas de vida. Así, a punta de meter la pata, de embarradas y malas maneras, Juan Pablo Montoya, Asprilla y Pambelé dejaron de ser héroes de los colombianos

En estos días se le está echando pica al busto de Alan Greenspan, uno de los personajes más célebres de Estados Unidos, alabado por muchos como el mejor banquero central de la historia. Después de ser admirado, leído y acatado, hoy se le acusa de ser culpable, por omisión, por descuido, de la grave crisis de las hipotecas que puede llevar a la recesión, a que cientos de miles de personas pierdan su casa y a que la crisis se extienda a varios países del mundo.

Los señalamientos, al parecer, tienen fundamento. Hace ya siete años, Edward M. Gramlich, gobernador de la Reserva Federal, alegaba que los nuevos prestamistas estaban alentando a miles de familias a incurrir en arriesgadas operaciones de crédito hipotecario. Señalaba que estas obligaciones no se podrían pagar, que iban a poner en crisis al sistema financiero. Greenspan, en el pico de su poder y su fama, no le hizo caso. Era el rey de la fiesta y no quería echarla a perder. Más adelante, en los años 2001 y 2004, varios observadores le solicitaron que utilizara su poder y su prestigio para alertar al público sobre los peligros de los nuevos esquemas de crédito hipotecario. De nuevo, toda su respuesta fue un silencio desdeñoso.

La fama y los ídolos de nuestros días se forman, con frecuencia, con las burbujas económicas que traen riqueza y fortuna súbitas. Los beneficiarios de la plata fácil adoran a quienes atribuyen la autoría de su prosperidad, los supuestos cerebros de los milagros económicos. La prensa, los consumidores, los poderosos, todos, erigen las estatuas y los bustos de los nuevos héroes. Pero cuando la burbuja explota, los créditos no se pueden pagar, las empresas quiebran, los grandes capitanes de éstas y de los bancos pierden sus puestos. La euforia se convierte en rabia y amargura. De inmediato, la gente afectada vuelve la vista sobre los autores de una prosperidad falsa y peligrosa, y derriba sus estatuas.

Al amparo de la burbuja de la que gozan muchos países de América Latina se han levantado ídolos de barro. Los recios crecimientos del PIB han inflado, como nunca, la popularidad de presidentes y políticos. El caso de Greenspan debe prevenirlos. Si a diferencia de él toman en serio las señales de alerta y escuchan a los portadores de noticias preocupantes, podrán alargar su permanencia en los pedestales, o en las galerías de fotos. Deben saber que, en medio de las recesiones, los nuevos héroes, los que hablan a nombre de los humillados y ofendidos, son los populistas, quienes prometen castigos ejemplares a los causantes de la crisis, los héroes de la víspera.

 

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