Por: Carlos Granés

La caída de Evo Morales y la revancha ultramontana

Ni los astros, ni la taza de chocolate, ni las cartas, ahora hay que aprender a leer el fuego. Arden distintas ciudades del mundo por motivos muy diversos, que sólo tienen en común el descontento de la población y una puesta en escena pública y masiva, que bien puede acabar en la destrucción de bienes públicos, en muertos o en la caída del presidente de turno. Esto último fue lo que ocurrió en Bolivia, hace sólo un par de semanas. Entre manifestaciones populares, un motín policial, la exaltación de unos opositores ultramontanos y la presión del Ejército, Evo Morales se vio forzado a presentar su renuncia. La pregunta no se hizo esperar. ¿Se trataba de un golpe de Estado?

Lo que fácil se pregunta rara vez tiene una respuesta sencilla. No hay duda de que el Ejército tuvo un papel protagónico en la salida de Morales. De haber conservado su apoyo, el líder populista seguiría instalado en su megalómana Casa Grande del Pueblo. Sin embargo, debe recordarse que la injerencia militar se dio tras un fraude electoral. No se trató de un simple intento de reemplazar una casta por otra al frente del gobierno. Morales había quebrado el orden constitucional de forma tan flagrante y chambona que ni la izquierda más radical se animó a desmentir las denuncias de la OEA. Esta irregularidad, además, venía precedida de un esfuerzo sistemático por perpetuarse en el poder. Había empezado con triquiñuelas, como cambiarle el nombre al país; había seguido con un referéndum recalentado en el horno populista y con el absurdo reclamo de una nueva participación en las elecciones amparándose en los derechos humanos; y había terminado con el chanchullo electoral.

De manera que la acción del Ejército se dio en un contexto totalmente viciado, en el que el orden constitucional ya había sido vulnerado, y no en medio del normal ejercicio del gobierno o de las rutinas parlamentarias. La pregunta entonces se puede reformular: ¿debía el Ejército apoyar a un presidente que se perpetuaba mediante el fraude, o debía defender la institución presidencial y las leyes? Esa, que cada cual se la responda. Lo que sí debería suscitar consenso entre la izquierda y la derecha es el reconocimiento y la denuncia del error de Morales. El ahora expresidente se equivocó al degradar la democracia boliviana con el repertorio de trucos populistas que buscaban burlar ese deber sacrosanto que no puede eludir un verdadero líder democrático: largarse, irse, decir adiós y darle la bienvenida a quien las urnas designen como sucesor.

Morales no lo hizo. Se quedó. Mucho, lo suficiente para trocar su presidencia —que tuvo muchos aciertos— por un caudillaje nocivo para la misma sociedad que decía servir. La izquierda que niega esto o que no lo tiene en cuenta en su análisis debe recordar una cosa. La degradación global de la democracia está sirviendo mucho más a los intereses de la ultraderecha populista que a los de sus filas. Nadie sabe para quién trabaja, y quien no critique ahora todos los errores que cometió Morales tendrá que quedarse callado cuando se cumplan los vaticinios más sombríos y una derecha populista, de Biblia y crucifijo, emprenda una cruzada salvadora para reconquistar el poder e incrustarse en las instituciones con las mismas trampas diseñadas por el populismo de retórica izquierdista.

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2019-11-22T01:00:40-05:00

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2019-11-22T08:48:06-05:00

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