Por: Juan David Ochoa

La caída del ministro Arias

Un juez de la Corte del Distrito Sur de Florida ordenó, después de unas largas estrategias de dilatación por parte de los abogados de la defensa, la extradición de Andrés Felipe Arias, condenado a 17 años por la Corte Suprema por el desfalco monumental de AIS y el desvío de sus recursos a los mismos dueños de la guerra que siguieron siendo dueños del destino de la inequidad, madre y señora de todas las bombas.

Como era de esperarse, salieron todos los espadachines a cubrir la honra y el dolor de sus caídos, autodenominados perseguidos políticos de un Estado fallido según sus propios discursos, y con la capacidad de engañar a la Justicia del norte, vieja aliada de sus tesis y posturas políticas que hoy le parecen a los cazadores del comunismo internacional una célula más de la Unión Soviética, aunque el mismo Donald Trump se encuentre al mando. 

Iván Duque, el nuevo megáfono del caudillo, abatido por la noticia, declaraba minutos después de la decisión del juez John O'Sullivan que el mundo estaba al revés, y que mientras los criminales de Las Farc iban camino al congreso, los ministros estrella del gobierno del fuego eran condenados a 17 años sin haber robado un peso de los recursos públicos. Un muy buen manejo de la retórica tiene Duque para cubrir la esencia del juicio con la coyuntura de un proceso que nada tiene que ver con las decisiones de los altos ministerios para defalcar el erario. Pero si se apunta al foco de la comparación, radica justamente allí la trascendencia del caso. Arias representa la misma postura de esa infamia que hizo estallar, décadas atrás,  la historia de la guerra con los escupitajos de indiferencia a un país hambriento. Es la misma postura y la misma posición de los viejos firmantes ministeriales que ahondaron las causas de un resentimiento alimentado por los ultrajes de un poder feudal, heredado entre las mismos nombres de los terratenientes que acapararon por generaciones las hectáreas que nunca iban a dejar perder. Hasta Arias llegó esa tradición corrupta y criminal, y fue él quien puso la cereza del cinismo, desviando los recursos de los mismos dineros que iban a reparar a las víctimas de esa misma tradición.

Así que lo que está al revés en la interpretación del consentido candidato Duque es su misma visión de la historia. Las Farc llegan al congreso no por un obsequio de un Estado rendido, sino por una obligación histórica de refrendar esa vieja persecución hacia una oposición legal que tuvo que esconderse en los pantanos de la selva para defenderse, y que en medio siglo se dejaron tragar por el mismo fango de la delincuencia y las depravaciones del sectarismo y de una guerra sin fin, y el ministro es condenado a 17 años no por un complot entre el nuevo comunismo unido, sino por la catedralicia responsabilidad política de firmar un desfalco que iba a reparar la historia.

Quedan aún los intersticios burocráticos para el traslado.  Mientras tanto, Álvaro Uribe no descansa en su decadencia, y corre entre los pasillos de los juzgados de Miami acusando al Poder Judicial de los Estados Unidos de dejarse engañar por un país del sur, y por los hilos fantasmales de una conspiración internacional. Son los últimos espectáculos de un caudillo perdido.

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