Por: Mauricio Botero Caicedo

La calentura no está en las sábanas

Diferente a Petro, que teniendo un pasado bastante oscuro aspira a tener futuro, el que manifiestamente no lo tiene es ‘el petro’, criptomoneda virtual producto de la fértil imaginación (¿delirio?) de Nicolás Maduro y su equipo quienes aspiran que dicha moneda sirva para hacer transacciones financieras en el exterior y combatir el supuesto “bloqueo” económico contra Venezuela; y asegura Nicolás que la nueva moneda digital estará respaldada por las reservas de petróleo, minerales y diamantes de Venezuela. “Esto nos va a permitir avanzar hacia nuevas formas de financiamiento internacional para el desarrollo económico y social del país”, dijo Maduro durante su programa dominical.

Nicolás afirma que su decisión fue tomada después de haber hecho un profundo estudio sobre las criptomonedas. Qué tanto este antiguo chofer de buseta aprendió de sus “profundos estudios” es difícil de juzgar: el bitcoin, que salió a luz en el 2009, se basa en una tecnología creada por un ingeniero conocido por el pseudónimo Satoshi Nakamoto, cuya identidad real se desconoce. Y si bien no se sabe quién creó el bitcoin, nadie lo controla ya que no hay ningún Banco Central que pudiera responsabilizarse por el valor y la cantidad de bitcoins que circulan en el mercado. Se supone que computadoras corren un algoritmo donde “extraen” digitalmente los bitcoins, algoritmo que limita a 21 millones de unidades la cantidad total de esta criptomoneda que se puedan extraer. El que no haya control alguno hace que al bitcoin se la asocie con actividades ilícitas dado que se puede transferir en forma anónima y sin que los bancos u otras instituciones reguladas se enteren que dichas trasferencias se llevaron a cabo.

Para algunos, como Jim Diamond, el presidente de J.P. Morgan, el bitcoin es un fraude. Para otros —principalmente los comerciantes que aceptan pago en esta moneda y los inversionistas que han elevado su precio por encima de los $12.000 dólares— el bitcoin tiene valor porque es una tecnología totalmente descentralizada que facilita hacer transacciones sin intermediarios, con altos niveles de privacidad y seguridad. Por estas razones, y mientras que existan tanto usuarios como inversionistas invirtiendo e innovando, el bitcoin no va a desaparecer.

El problema es que Maduro no comprende que el problema no está en la moneda per se, sino en la confianza que brinde el emisor. A través de los años, desde conchas hasta semillas de cacao se han usado como dinero. El bolívar, la moneda venezolana, hoy no tiene valor alguno porque los mercados tienen una desconfianza absoluta en la independencia y el manejo monetario del Banco Central de Venezuela. Que Maduro afirme con bombos y platillos que la nueva moneda digital de su régimen estará respaldada por las reservas de petróleo, minerales y diamantes de Venezuela es irrelevante. Haciendo abstracción que buena parte de las reservas de petróleo de Venezuela ya de hecho están comprometidas, pensar que una criptomoneda auspiciada por un régimen —después de cerca de 20 años de absoluto desmán monetario— les brinde la menor confianza a los inversionistas es de una sorprendente ingenuidad. El problema de Venezuela no es la moneda, es la manifiesta irresponsabilidad en el gasto lo que hace que ninguna moneda, virtual o real, sirva. La calentura no está en las sábanas: un bebé de un año es un modelo de control y dominio al lado de la incontinencia monetaria de los chavistas.

 

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