Por: Santiago Montenegro

La calle y la democracia

Co argumentó Héctor Abad, tanto en el mundo como en Colombia, las caras de la protesta social son muchas y son contradictorias. En ese mismo sentido, Carlos Peña ha denominado la protesta de su país, Chile, como un “nuevo arcoíris”, como una gama muy variada de sensibilidades. El rector de la Universidad Diego Portales también ha argumentado que no hay que confundir las causas de la protesta con las demandas de sus promotores formales o espontáneos.

Porque las movilizaciones han desbordado los objetivos de sus promotores, se han movido en múltiples direcciones y orientaciones políticas y culturales, aunque han aparecido oportunistas que tratan de apropiárselas. Así, el grupo más importante y más numeroso son los jóvenes, los nacidos en los años 90, los que desean no solo bienestar material sino cultivar valores no materiales, anhelan cursar diversos planes de vida, resisten normas y valores que no sienten como suyas y defienden temas diversos, como los derechos de los animales o el cuidado de la naturaleza. Su aire es no solo pacífico, sino de fiesta y de carnaval, como lo describió en su columna Daniel Pacheco. En alguna forma, sienten más frustración que aspiración: saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren. Su fervor y movilización son semejantes a lo que fue mayo de 1968 en París.

Junto a los jóvenes están las sensibilidades de las generaciones anteriores, la insatisfacción y el temor de sus padres, las nuevas clases medias producto de una modernización muy acelerada, que sienten que pueden perder lo que han logrado, temen volver a la pobreza y resienten lo que aún no han alcanzado.

Y al lado de los jóvenes y de sus padres están los políticos y los intelectuales. Unos y otros también muestran muchas caras, pero, por espacio, ahora solo quiero resaltar el oportunismo de algunos sectores que sí parecen saber muy bien lo que quieren. Al igual que el Partido Comunista chileno, en Colombia ciertos politiqueros han visto en la protesta social un momento insurreccional, invitan a la organización de comités populares y a mantener la movilización “hasta la victoria”, mientras en el otro extremo del espectro político se atenta contra la institucionalidad al pedir la separación del cargo del presidente de la República.

El presidente Iván Duque, en medio de esta conmoción social y con la mayor serenidad, ha respondido dentro del estricto marco del ordenamiento jurídico y ha ponderado el procedimiento de nuestra democracia, que es representativa. No es una democracia directa, ni asamblearia, ni plebiscitaria. Ha comenzado un diálogo con los promotores del paro y con otros sectores sociales que también reclaman ser escuchados. Y más pronto que tarde van llegando los tiempos de la política y de sus acuerdos, que son más lentos que los de la calle y que deberán plasmarse tanto en reformas a ser discutidas y aprobadas en el Legislativo, como en ajustes a las políticas del Gobierno. Pero todo lo que se haga no será posible si no se garantiza el orden público, si el Estado no cuenta con el monopolio de la fuerza legítima. Porque sin orden, sin el miedo de unas personas a otras, ni Colombia ni ninguna sociedad jamás podrán proveer otros bienes materiales o morales. Y porque la libertad de los que quieren protestar termina donde comienza la libertad de los que quieren estudiar y trabajar.

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2019-12-02T00:00:26-05:00

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2019-12-02T00:30:01-05:00

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