Por: Pascual Gaviria

La camiseta de pepas

EN MAYO DE 1999, LA NOCHE ANTES de la final de la copa UEFA, Fabio Cannavaro se divierte en su habitación en el hotel Marriot de Moscú. Juega con una jeringa cargada de neotón, un estimulante cardiaco, y el juego termina con una burla frente a la cámara que él mismo sostiene.

Cannavaro acostado en la camilla hace las muecas del junkie que recién recibe el paraíso en su antebrazo: “Ah… ¡sí que es hermoso!”, dice en medio de risas. Tal vez sin darse cuenta el defensor italiano hizo la mejor de las burlas para la legión de moralistas que buscan en el deporte no a los más rápidos y los más fuertes sino a los más limpios y a los más castos. Cannavaro finge ser un perdido cuando es simplemente un defensa central usando una práctica de recuperación un poco menos vistosa que el jacuzzi. “Tomando vitaminas”, según las palabras del médico del Parma de entonces. Las mismas que “tomaban” Asprilla, Zidane, Verón y toda la liga italiana, sin excluir a los árbitros, que además toman algo bien merecido para los nervios.

Muy pronto el mundo del fútbol olvidó esa pequeña pantomima y se dedicó a lo suyo, dejó a un lado las concentraciones y los médicos para ocuparse de las áreas, donde está la verdadera acción. Con el ciclismo el asunto ha sido distinto. Eufemiano Fuentes, médico corriente de un hospital en las Islas Canarias, sigue siendo el hombre más famoso del pelotón. Y los periodistas del pedal tienen ahora diplomado de farmaceutas y saben más del hematocrito que de Luz Ardiden y Alpe d’Huez. El ciclismo respondió a los ataques de los inquisidores con una histeria que ha llevado a extremos absurdos. Los ciclistas se bañan acompañados de un gendarme francés para que no usen el polvo mágico que desaparece los rastros de EPO en la orina, una caravana de fiscales sigue la carrera aplaudiendo la limpieza de quienes llegan descolgados, los ganadores de etapa que marcan positivo salen esposados todavía con el ramo de la victoria en las manos. Y duermen en las comisarías y son acusados de delitos cercanos al narcotráfico. Ricardo Riccó, el último de los grandes caídos en desgracia, acaba de despedir a su masajista para contratar a un abogado que lo salve de una pena de dos años de cárcel.

En medio de la hipocresía general era lógica la aparición de El Vaticano. Hace unos años, en los tiempos cuando Juan Pablo II todavía era líder en San Pedro, la Iglesia de Roma decidió patrocinar un equipo de ciclistas iluminados que corren en contra del aborto y el dopaje. Amore e vita se presenta como una formación de santos en medio de un mundo corrompido. Pero ningún humano puede correr y llegar con los primeros en las tres grandes carreras alimentado a punta de pan y agua. Muy pronto Amore e vita encontró a su ángel caído: Valentino Fois, quien había sido sancionado por dopaje durante dos años y había regresado con el bombo de la santidad, apareció muerto en su casa en Bérgamo. Ansiolíticos, cocaína y otras ayudas servían para olvidar la medicación de las carreras. Pasa hasta en las mejores familias.

Por mi parte no tengo reparos morales contra esos adictos a la camisa amarilla que recorren 3.500 kilómetros en tres semanas a una media de 40 por hora. Los veo con admiración aún cuando están montados en los carros de la policía francesa. Lo que me parece triste es pensar que soy admirador del que tiene la médula ósea más generosa en producir eritropoyetina, me duele que me hayan hecho pensar que no admiro a un ciclista, un valiente que dedica su vida a un moderno y vistoso vía crucis, sino a un complejo sistema hormonal potenciado, a un probado campeón de glóbulos rojos. Los amigos y los enemigos del ciclismo convirtieron a los laboratorios en los competidores principales, un FotoFinish eterno entre quienes venden las drogas nuevas y quienes las buscan, una carrera entre químicos que hoy aconsejan al ciclista y mañana al encargado de perseguirlo con un tubo de ensayo. Es hora de que el médico trabaje tan libre y tan anónimo como el mecánico. Igual, arriba ganará el más fuerte.

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