Por: Alvaro Forero Tascón

La campaña en Bogotá

La campaña a la Alcaldía de Bogotá que terminó ayer no se parece a ninguna reciente, por cuenta de tres “operaciones”: Primera: la operación avispa.

Petro se lanzó sin tener mayores esperanzas de ganar, buscando fundamentalmente aprovechar el mal momento electoral del Polo para ganar el pulso por la legitimidad, la maquinaria y las bases sociales de la izquierda en Bogotá, con miras a las elecciones de Congreso y presidenciales de 2014. Por eso debió ser el mayor sorprendido de que todos sus rivales se hubieran confabulado en su favor, cuando llegó a la punta en las encuestas a pesar de su condición minoritaria, gracias a que el sector mayoritario no se dividió en dos, ni en tres, sino en cuatro partes, y que se canibalizó entre sí en lugar de atacarlo conjuntamente. El centro y la centro derecha no hicieron nada ante la posibilidad inminente de perder de nuevo, por tercera vez, consecutiva, con la centro izquierda, aun después de que el experimento con Samuel Moreno fue tan devastador. Esa actitud no sólo sorprendió entre los dirigentes, sino entre los electores, que rechazaban el voto útil a sabiendas de las consecuencias que podría tener. Parece que pesaba más el rechazo a Álvaro Uribe que el instinto de preservación política.

Segunda: la operación Perú. Cuando hace unos meses en Perú ganó Ollanta Humala, parecía increíble que un candidato pudiera superar en pocos meses sus obstáculos electorales simplemente renegando de posturas políticas recientes y adoptando una actitud moderada para reemplazar la radical. Gustavo Petro logró puntear en las encuestas durante semanas gracias a una estrategia inteligente de correrse hacia el centro del espectro político, renegando de su pasada amistad con Hugo Chávez (dice que ahora el mejor amigo de Chávez es Santos) y moderando sus posiciones de izquierda para no alarmar y diferenciarse de sus enemigos en el Polo Democrático. Y en la forma, gracias a no contestarle a sus adversarios las agresiones, mostrándose tolerante. No sólo superó su imagen de exguerrillero pugnaz, sino que logró evitar que se le percibiera como populista o politiquero, a pesar de sus propuestas dirigidas a los sectores populares y el respaldo tácito de la maquinaria polista afincada en los estratos bajos. Así logró no solamente quedarse con los votos del Polo, sino conseguir votos de opinión.

Tercera: la operación moñona, que consistía en el interés de sacar del ruedo a Uribe, a Mockus, a Peñalosa y sobre todo a Petro. Esa sería una explicación posible para que los jefes de la Unidad Nacional cercanos a algún candidato —el presidente Santos a Parody, el ministro del Interior a Carlos Fernando Galán, Rafael Pardo a David Luna— no hubieran sido capaces de unir a algunos de los candidatos a pesar del evidente riesgo de perder contra Petro. Es posible suponer que existía la preocupación de que luego del buen desempeño de Petro en esta campaña, se podía convertir en una amenaza en la contienda presidencial, y que entre dos males, era menor el que Petro fuera alcalde. Pero la suposición de que la Alcaldía de Bogotá no sirve de plataforma presidencial puede resultar equivocada y haberse gestado en esta campaña el gran retador de la presidencial de 2018.

 

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