Por: Sergio Otálora Montenegro

La Candelaria, la otra cara del éxito

Aquí, en Estados Unidos, y en general en las sociedades regidas por los valores del mercado, el éxito se mide en contante y sonante: amasar grandes sumas de dinero es el camino expedito hacia la gloria. Nada se escapa: desde una banda de rock, hasta un musical de Broadway; desde una marca de ropa interior, hasta una novela. Es la regla de oro de la oferta y la demanda.

En esta potencia global, paraíso del capitalismo más cerril, epicentro de la crisis financiera y de la recesión mundial, el Estado, el gobierno, lo público, son instancias que se ven como grandes obstáculos para el progreso, rémoras que deben reducirse a su más mínima expresión para darle rienda suelta, sin regulaciones ni pendejadas europeizantes,  al libre juego de la competencia y el desarrollo económico.  Este país ha sido forjado, en parte, por grandes solitarios: los pioneros (Henry Flagler) los inventores geniales (Orville y Wilbur Wright), los aventureros (Lewis y Clark). Día tras día, aquí se exaltan los valores individuales, la tenacidad del que, nacido en desventaja,  logra reconocimiento y fortuna al margen de cualquier ayuda oficial.

¿Qué tiene que ver todo esto con el Teatro La Candelaria? Dentro de esa lógica,  este experimento dramatúrgico, con sus 45 años de añejamiento,  sería un rotundo fracaso. No “creció”: la sede sigue siendo la misma casa colonial de siempre, no compró las casas vecinas para multiplicar su público y sus entradas. Tampoco cambió su esencia: después de tantos días de sol y de lluvia, de éxitos y fracasos,  sigue en la joda de la creación colectiva. Y mantiene su posición de siempre de no aceptar patrocinio privado: sobrevive de la taquilla y de un inestable subsidio del Distrito. Es más: los miembros de su grupo estable trabajan en la mañana en los montajes y, en las tardes, en el rebusque como profesores de arte dramático, actores de televisión o de cine.

El director de este colosal fracaso, dentro de la concepción clásica de los tiburones del billete, se llama Santiago García. Arquitecto de profesión, pintor por incansable curiosidad estética y dramaturgo y actor de corazón e hígados, no sucumbió  a los encantos de la fama: varios de sus colegas renunciaron a la entelequia de  la creación colectiva, para convertirse en empresarios, en productores de espectáculos teatrales, sin ton ni son. Muchos de ellos se mantienen en las tablas, unos endeudados hasta el cuello, otros dedicados a dirigir montajes a destajo. La mayoría ya sin grandes sueños.

Desde ese observatorio, La Candelaria, su director, los actores y actrices, con su método de trabajo en el que creen con fe de carbonero, han estudiado, discernido, sufrido, gozado, la realidad nacional y los conflictos más apremiantes de la naturaleza humana.  Son como artesanos de otro siglo; con sus obras ya han hecho historia, son un patrimonio cultural de la nación. En estos nueve lustros de combate sin cuartel, en la dura tarea de hacer poesía, arte, este grupo ha dejado una propuesta dramatúrgica muy colombiana y universal, que ha recorrido el mundo y sus alrededores;  ganado premios y plausos. La huella es profunda.

Alguna vez, cuando estaba a la espera de que apareciera Santiago García para entrevistarlo, aproveché la soledad de la sede de La Candelaria para recorrerla en su intimidad, es decir, en la trasescena. Entré al camerino, había por ahí, desperdigadas, las herramientas de trabajo: algunos fragmentos de escenografías y muestras de distintos  vestuarios. El escenario estaba ahí, separado por un telón negro. Fui hasta el centro, algunos reflectores estaban todavía encendidos, de inmediato volvieron las imágenes del  colombian tiger, del bolchevique de los diez días que estremecieron al mundo, de la vida y muerte severina. Tuve la certeza de que en ese espacio elemental la utopía, ese adjetivo para calificar lo imposible, lo absurdo, lo inalcanzable, lo “ridículo”, se hacía realidad mediante la recreación de otros universos, de otros mundos, de otros personajes, más esperpénticos y extraviados que el siniestro homo sapiens. En ese espejo por fortuna distorsionado, se reflejaba la otra dimensión del éxito, la más difícil de entender. Y de lograr.

 

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