Por: Andrés Hoyos

La cantaleta

La invención de la imprenta de tipo móvil fue, después del habla, la escritura y la agricultura, el mayor avance tecnológico de la humanidad.

Al final de la prehistoria la escritura cimentó la memoria y elevó el habla al cuadrado, mientras que la imprenta las elevó luego todas al cubo. Si la invención de la imprenta hubiera tardado dos siglos más, hoy en Italia quizá se hablarían tres idiomas. Antes de que circularan los libros, el analfabetismo afectaba a la casi totalidad de la población europea, lo que llevó al olvido del latín, la lengua de la escritura, y a la proliferación de los idiomas. Éstos hoy son objeto de orgullo y nacionalismo, si bien en el momento de su invención fueron un dramático indicio de pobreza.

Pido excusas por el tono sentencioso, pero es de rigor a la hora de comentar artículos de tonito apocalíptico como “Réquiem por el papel”, publicado hace poco por Jorge Volpi en El País. Volpi desliza perlas como esta: “... la aparición del libro electrónico no representa un mero cambio de soporte, sino una transformación radical de todas las prácticas asociadas con la lectura y la transmisión del conocimiento”. Ya, ya, otra vez la misma cantaleta: todo tiempo futuro será mejor. Sugiere, de paso, que más de la mitad de los agentes y editores del mundo van a quedarse sin trabajo, predicción que de seguro le van a agradecer. De cualquier modo, resulta doloroso que un escritor como Volpi diga que su biblioteca no es más que una fastidiosa colección de objetos pesados que se mojan. Para otros, por supuesto, una casa sin libros está empelota.

El cuento de que el libro va a desaparecer no es nuevo. Marshall McLuhan lo aseguraba en 1962. Luego vino Nicholas Negroponte a salmodiarnos con su versión “mejorada”. ¿Por qué tienen tanta gana los profetas del chip de ASEGURARNOS que los objetos de nuestros afectos nos serán arrebatados? Hagan su juego, señores, crezcan mucho su mercado, pero dejen la cantaleta. Los libros de papel se acabarán cuando la gente ya no los quiera. ¿Sí será cierto que esos niños que compraron por millones los de Harry Potter no querrán saber nada de ellos después? ¿Han visto estos profetas desocupados a un infante de tres años divertirse de lo lindo con un libro de papel?

La vitalidad de los libros depende justamente de los afectos. Por eso, hay un tipo que sí está condenado a desaparecer: los libros de referencia. En tanto depósito de un conocimiento que ahora se consigue más rápido y de forma más completa y actualizada en el mundo digital, las enciclopedias no eran objetos de afecto, como sí lo son los libros que nos llenan el hueco de la vida. Es probable, asimismo, que los lectores desafectos prefieran las tabletas electrónicas para leer. En cambio, los que nos hemos apegado a los libros de papel no podremos migrar tan fácilmente a las pantallas.

Los libros nunca fueron objetos de interés mayoritario y es posible que en esta vuelta de tuerca pierdan o truequen una cierta cantidad de lectores. Creo, sin embargo, que la mayoría de los que captará el formato electrónico hacen parte de un mercado diferente, nuevo. Y claro que los libros electrónicos son y serán útiles. Me atrevo, sin embargo, a apostar que no acabarán con los libros de papel como, por ejemplo, los que publica Benedikt Taschen.

Termino con una opinión contundente de Umberto Eco: “El libro —dice— es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor”.

[email protected]@andrewholes

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