Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La capacidad colectiva de cambiar las cosas

Una de las grandes movilizaciones en la historia nacional fue la realizada el 14 de septiembre de 1977, durante el gobierno de López Michelsen. El Paro Cívico Nacional (que no contó con el apoyo de partidos políticos tradicionales, ni de medios de comunicación masiva) convocó distintos sectores, no sólo sindicales, sino también campesinos y estudiantiles, principalmente en la capital, la región Caribe, el oriente antioqueño, Caquetá, Nariño y la ciudad de Barrancabermeja. Profesores como Medófilo Medina y Mauricio Archila nos han explicado que la protesta no fue insurreccional, sino de reivindicación de derechos económicos, políticos, laborales, de tierras y de educación. En el transcurso de la tarde, el entusiasmo fue reprimido (el Ministerio de Defensa reportó la detención de 2.236 personas tan sólo en la ciudad de Bogotá) y se sentó un precedente con respecto al tratamiento futuro de la protesta.

Alcaldes militares tomaron el control de algunos municipios y fueron frecuentes los consejos verbales de guerra y los allanamientos. “A López le cabe el honroso mérito de que en su mandato se iniciaran las desapariciones de activistas políticos”, afirma el profesor Archila. El gobierno de Julio César Turbay aceleró la reprimenda contra la movilización social. La guerrilla rural creció, se fortaleció el M-19. Nació el MAS (Muerte a los Secuestradores) y con ellos el paramilitarismo. El gobierno de Belisario Betancur puso en marcha alternativas. Se iniciaron varios procesos de paz, florecieron iniciativas como el Movimiento Cívico de Mujeres en Barranquilla y se fortalecieron los cabildos indígenas. Sin embargo, la toma y retoma del Palacio de Justicia dieron pie a un período violento de predominio de decisiones del Ejército y persecución armada a la Unión Patriótica, por cuenta de narcotraficantes, militares y paramilitares. Algo semejante ocurrió durante la administración de Barco, en que políticas de paz y de construcción de bienestar en “las regiones” (como el programa de Desarrollo Rural Integrado) coincidieron con la persecución de dirigentes sociales y simpatizantes de la izquierda civil.

Lo que siguió para la movilización estuvo sembrado de dificultad, entre la actividad represiva estatal y paraestatal. Acciones de las guerrillas cerraron todavía más los espacios en que se tramitaban descontentos o demandas y torpedearon los movimientos sociales. Desde entonces, las grandes manifestaciones de enojo popular fueron más puntuales. Se organizaron movilizaciones por sectores o grupos, sindicatos o estudiantes. Campesinos, indígenas o inconformes de ciudad (como la Séptima Papeleta). Episodios masivos de respaldo y aglomeración entre ideales se hicieron menos habituales. La represión y la pobreza comenzaron a ser entendidos como el resultado de las malas decisiones o los fracasos individuales. Si los vecinos eran asediados por empresas paramilitares, “algo habrían hecho”. Si sufrían por falta de trabajos estables o bregaban para conseguir lo de los servicios y el mercado, era por falta de ganas (“hay que trabajar, trabajar y trabajar”, “a trabajar, vagos”).

Así, las persecuciones políticas, la desigualdad grandísima, los privilegios concentrados de unos cuantos y la pobreza se percibieron como merecidos, naturales y permanentes. Para que coincidan las rabias en el territorio y cundan las marchas, huelgas de solidaridad y la desobediencia civil tiene que cambiar esta visión. Acechos a disidentes y precariedades en el campo y la ciudad tienen que empezar a verse como injustos, anormales, ofensivos y (sobre todo) temporales. Hoy, tantas colombianas y colombianos en la oposición amanecen presos del guayabo inaugurado por el triunfo del uribismo. Por el horror de los asesinatos de dirigentes comunitarios, activistas socioambientales y miembros de juntas de acción comunal y consejos comunitarios. Diferentes poblaciones, con agendas reivindicativas variadas, empiezan a identificarse unas con otras y a sentir una obligación moral con las demás. Quizá sea este el momento de retomar el paro cívico nacional y se abra camino largo a la empatía.

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