Por: Aldo Civico

La capacidad de Colombia de autosabotearse

A pesar de los esfuerzos , permanece a nivel global la percepción de Colombia como un país volátil y poco confiable.

Durante la reciente Clinton Global Initiative, estuve en un coctel cuyos invitados eran en su mayoría pesos pesados de Wall Street. Por casualidad comencé una conversación con un señor a quien su tarjeta presentó como vicepresidente de uno de los fondos de capital privado más influyentes a nivel global. Terminamos hablando sobre Colombia. Frente a mi cauto optimismo, mi interlocutor mostró escepticismo y me comentó que el fondo que él representa no invierte en Colombia, pero sí en Brasil y Chile. La desconfianza no era por los indicadores económicos, sino por la volatilidad política. La percepción es que Colombia sigue siendo un país que no logra poner en orden su casa.

El escepticismo de mi influyente interlocutor es solamente el síntoma de una percepción global más generalizada. En un reciente informe para inversionistas, la unidad investigativa de la prestigiosa revista The Economist, escribe que: “cuellos de botella estructurales, corrupción generalizada y condiciones globales volátiles disminuirán la eficiencias de las políticas” promovidas por el presidente Santos. Además preocupan el bajo nivel de popularidad del presidente y la falta de una oposición fuerte y creíble, el bajo ritmo del proceso de paz debido al miope tentativo de las Farc de capitalizar la protesta social y la tensión política que se ha ido intensificando.

Es la misma clase política colombiana la que promueve esta percepción de Colombia en el mundo. Le hace daño al país, por ejemplo, que el expresidente Álvaro Uribe en The Hill, un blog seguido con atención por el mundo político de Washington, escriba que el proceso con las Farc “amenaza con debilitar la democracia en Colombia”, y que “los logros en libertad y orden están en peligro”. “Para nosotros es desconcertante ver la magnitud del involucramiento del presidente Uribe”, declaró al Washington Post Carl Meachman, quien durante 10 años supervisó para los republicanos la política de los Estados Unidos en América Latina en la comisión para asuntos exteriores del Senado.

Tampoco le sirve a Colombia que el exministro Gabriel Silva invite al presidente a hacerles caso a los que claman que es hora de romper los diálogos con las Farc. Igualmente dañinas son las declaraciones del ministro Pinzón contra el Grupo de Memoria Histórica, al igual que su propuesta de ley que busca encarcelar a los activistas de los paros. Y los ejemplos podrían seguir porque, desafortunadamente, son muchos.

Parece que el mal de Colombia es su extraordinaria capacidad de autosabotearse. Incapaz de mirar más allá de su propia nariz, concentrada en contemplar con narcisismo su proprio ombligo, cultivando exclusivamente sus intereses, la clase política de Colombia parece preocupada en mantener al país en su pasado y por eso es un serio obstáculo para un futuro distinto. Si la desconfianza hacia Colombia sigue, es porque el país esta en un agujero que ha cavado por sí mismo.

 

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