La cara digna del periodismo: Ricardo Calderón

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“¿Cuándo empezó la vulgaridad”, pregunta el director de cine Lisandro Duque? La poeta Piedad Bonnett escribe sobre “El vedetismo periodístico”. El también personaje de las letras Santiago Gamboa cuestiona: “¿Qué pasa en el periodismo?”. Tres de los más respetados columnistas de El Espectador dedican sus espacios al resonante episodio entre la periodista que encabeza el nuevo proyecto digital de la revista Semana y el recién posesionado consejero de Comunicaciones de la Presidencia, ocurrido cuando ambos estrenaron sus cargos con un pleito en vivo, lucha libre verbal. El escritor Gamboa expresa, además, su asombro por la escasa repercusión que tuvo en los medios tradicionales la entrevista que la misma directora del canal de Semana grabó, pocos días después en Caracas, con Aida Merlano pese a la gravedad de las afirmaciones de esta excongresista condenada en Colombia, sobre los delitos que habrían cometido las élites políticas de la costa Atlántica y Bogotá para ganar elecciones y mantener el poder.

Bonnett, Duque y Gamboa no son los únicos comentaristas preocupados por la calidad del periodismo nacional pero enfocan bien las múltiples aristas que tiene el problema y que empiezan por quién gritó, quién es la víctima o el victimario, quién acusa con interés oculto, quién paga por pecar o quién está dispuesto —o dispuesta— a caer en pecado por la enorme paga que recibirá. Pero las dificultades de esta profesión no terminan ahí. El asunto es más hondo. Habría que hacer un mea culpa general empezando por los empresarios viejos y recientes de los medios y por los dueños de la pauta publicitaria que imponen sus condiciones inapelables. Habría que sincerarse, de ser posible en esta democracia de mentiras y disimulos.

Pero nada de lo que suceda en el barro puede ocultar el desempeño heroico de un puñado de reporteros dispuestos a morir por revelar hechos que no convienen a tirios ni a troyanos. No por venganza, como Merlano, motivo por el cual tan poco crédito se le ha dado a la señora, sino por simple arrojo y amor a la verdad que esta sociedad tiene derecho a conocer. Valiosos ejemplos hay de ello aunque, curiosamente, los mejores periodistas sean los menos teatrales, los silenciosos, los que no protagonizan nada ni escandalizan por la forma en que actúan, bajan la voz o la suben, se arriman al poder o se enfrentan a él dependiendo de si los “tratan bien” o no. Los sacrificados del periodismo, ignorados por el grueso público que les debe tanto, destapan escándalos con las investigaciones que desarrollan y se expresan mediante ellas.

Rindo homenaje de ciudadana agradecida a uno de esos raros ejemplares de la reportería colombiana: Ricardo Calderón, de la revista Semana escrita, la que uno ve feneciendo, vea usted qué enorme paradoja. Acaba de anunciarse, en Madrid, que este maestro de la investigación fue ganador, por segunda vez, del Premio Rey de España, una institución iberoamericana que reconoce las mejores tareas informativas en las naciones de habla hispana y portuguesa. En el portafolio desconocido de Ricardo se encuentran unas 40 llamadas y mensajes con amenazas de muerte; unos 15 sufragios invitando a sus exequias; cinco coronas fúnebres. ¡Una lápida con su nombre completo, fecha de nacimiento exacto y la de su futuro fallecimiento puesta en un parqueadero, encima de su vehículo! Decenas de seguimientos durante sus recorridos a pie, en moto o en carro; amenaza con revólver de frente; cinco disparos contra la camioneta cuando se desplazaba, solo, por una carretera. Ricardo está vivo de milagro y nadie lo ha visto, por ahí, haciendo aspavientos sobre su carrera. Pero en los recintos del arte de narrar, sí que saben de sus trabajos: recibió, además de los dos Rey de España, el mayor premio Simón Bolívar: Vida y Obra; ha ganado otros siete diplomas de esa fundación; siete del Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB; tres galardones del Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación, y tres más de la Sociedad Interamericana de Prensa. Y como ustedes no lo pueden identificar, les diré que Calderón es el autor de los artículos en que se descubrieron los vínculos del DAS de la época uribista con los paramilitares; las denominadas “chuzadas” del mismo DAS; las condiciones turísticas en que se mantenía a los presos militares (“Tolemaida Resort”). Y, para no extenderme, Ricardo también fue el investigador de las tres entregas recientes sobre macrocorrupción en el Ejército que provocó una tormenta en la cúpula militar. Casi nadie reconocería a Ricardo, salvo los que le temen a sus revelaciones y los que lo premian por sus escritos. Los protagonistas de los novelones ni sus patrocinadores llenos de dinero pueden opacar la cara digna del periodismo colombiano. La cara de Ricardo Calderón.

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