Por: Santiago Villa

La carne mamífera y la contradicción de la civilización globalizada

Esther, un minicerdo adoptado por Steve Jenkins y Derek Walker, una pareja canadiense, no debía superar el tamaño de un schnauzer, o por mucho los 30 kilos. Con el transcurrir de los meses su alarma se multiplicó al ritmo que el nuevo inquilino alcanzaba los 300, y parecía más un diván ambulante que el nuevo integrante de la familia. La persona que les había entregado a Esther les había mentido: el cerdo no era una de las razas diseñadas para ser mascotas urbanas, sino un animal probablemente rescatado de un criadero de marranos para el consumo humano.

Pero ya era demasiado tarde para deshacerse de Ester. Habían descubierto que la inteligencia de su nuevo inquilino era tan aguda o más que la de sus perros —tenían dos—. Formó un lazo emocional con sus dueños. Estos la entrenaron para la convivencia al punto que, cuando quería orinar o defecar, ella misma abría la puerta de la casa, salía a un pequeño patio y regresaba. Así que alteraron sus vidas. Steve se dedicó tiempo completo a publicitar a Esther en las redes sociales y reunió los fondos suficientes para comprarse una finca, a donde se mudaron con el cerdo.

Esther es una parábola de la civilización globalizada. (A medida que entramos en el siglo XXI me gusta menos utilizar el término “occidental” para referirme a una civilización urbana en la que Shanghái, Johannesburgo, Nueva York y Moscú comparten más elementos —su infraestructura, su relación con la tecnología, sus tiendas, sus circuitos financieros, las aspiraciones socioeconómicas de sus habitantes e incluso su vida cultural— que estas mismas ciudades guardan con los espacios rurales que las rodean).

La historia de Esther, decía, es un extremo del contradictorio proceso ético, fruto de la urbanización, que ha desarrollado la civilización globalizada hacia los animales. Contradictorio, primero, porque la cruel industria de la carne de la que Steve y Derek salvaron a Esther es el resultado del enorme desequilibrio entre la cantidad de personas que crían animales y la cantidad que los consume. Hoy más de la mitad de los seres humanos viven en ciudades y la tendencia hacia el futuro se va a acentuar.

Y segundo, porque es gracias a esta distancia con el campo que surgió la sensibilidad contemporánea hacia los animales. El animal como mascota, y no como herramienta, es el resultado de una cultura alejada del mundo rural, que no está acostumbrada a que la causa final del cerdito con el que crecieron sea alimentarlos fisiológicamente, y no emocionalmente.

Esto no tiene nada de malo. En una interesante columna a propósito de las corridas de toros, Alfredo Molano denunció a quienes critican las corridas por estar tan distanciados del campo que malinterpretan, desde una hipersensibilidad demagógica, la relación del hombre con el animal en la vida rural. En parte tiene razón. Sin embargo, esto no le resta validez al objetivo ético de los animalistas, la protección del animal.

La definición del comportamiento “humanitario” cambia con el contexto de las sociedades. La definición del ser humano tiene un componente ético que es históricamente elástico. En el mejor de los casos se hace más altruista, y amplía la conmiseración y la empatía del ser humano hacia los otros seres humanos y hacia los animales. Que la urbanización haya fortalecido este último proceso no es, como lo hace ver Molano, un defecto de la sociedad contemporánea.

Pero Molano sí señala que esta urbanización, y por consiguiente esta nueva moral, está construida sobre los cadáveres de los animales de los mataderos industriales. La urbanización, que dio fruto a la sensibilidad hacia los animales, ha sido posible porque millones de animales pasan por la crueldad invisible del matadero para alimentar a la gente de las ciudades.

Por así decirlo, el demonio ha parido a un ángel.

Twitter: @santiagovillach 

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