Por: Tulio Elí Chinchilla

La Carta del 91 y la cultura constitucional

A LOS DIECISIETE AÑOS DE VIGENcia de la Carta del 91 se cumplen el próximo 4 de julio, cabe preguntar por aquello que Karl Löewenstein llamó el “sentimiento constitucional” de los ciudadanos.

¿Qué tanto se ha apropiado el pueblo de la Constitución? ¿Qué tanto ésta ha arraigado en la conciencia ciudadana? ¿Hasta qué punto ha logrado formar ciudadanía?

Esta Carta constitucional tiene una dimensión adicional a la de código político-jurídico. Es también un proyecto cultural destinado a anidar en la conciencia colectiva de los ciudadanos. Por eso, cuando de evaluarla se trata, es imprescindible analizar también en qué medida ella se materializa en un conjunto de convicciones y actitudes de la gente y ha logrado anclar en la conciencia popular. Desde luego, este proceso de asimilación socio-cultural toma mucho tiempo y depende de múltiples factores extra normativos. 

En este análisis hay que considerar varios planos y cada uno de ellos puede ofrecer resultados muy desiguales. Un primer plano es la idea misma que los ciudadanos profesan de “tener una constitución” y de su utilidad como instrumento protector contra la arbitrariedad. En este aspecto, de manera intuitiva puede decirse que ha habido una importante ganancia histórica, aunque todavía falta mucho por avanzar: hoy el ciudadano de la calle no percibe la Constitución como veía la de 1886, como una entelequia lejana y abstracta, sino como una herramienta que puede invocar y a veces hacer valer en su vida cotidiana frente a un proceder de la autoridad o de los particulares.

De igual manera, es perceptible el reforzamiento de la idea ciudadana de “tener derechos”, no sólo porque se reconocen normativamente sino, sobre todo, porque se ha ganado viabilidad para hacerlos valer. A partir de los textos constitucionales de 1991 (y en cierta medida gracias a ellos) los colombianos hemos empezado a construir lo que se ha dado en llamar la “cultura de los derechos”.

Ideas tales como el respeto a la dignidad de la persona, el valor de la diferencia y de la diversidad y el pluralismo en todos los planos de la vida, eran desconocidas bajo la anterior Constitución. Y aunque todavía estos postulados no logran moldear todas las prácticas públicas y privadas, al menos comienzan a tener presencia en el lenguaje y el discurso de buena parte de los sujetos sociales e institucionales.

En esta materia es más lo que falta que lo que se ha alcanzado, pero no puede olvidarse que la actual generación de jóvenes que está llegando a la edad de ciudadanía es la primera que nació y ha crecido bajo esos nuevos valores.  

Poco éxito, en cambio, ha tenido la Carta del 91 en su proyecto de ciudadano participativo. Es modesto el avance de estos diecisiete años en cuanto a la formación del sujeto comprometido tanto en los tradicionales mecanismos del voto electoral como en los que acercan la decisión directa a los ciudadanos. Instituciones valiosas tales como el cabildo abierto o la participación decisoria en ámbitos locales y en comunidades cercanas (escuela, barrio, etc.) no han logrado operar como la Constituyente lo soñó. 

Con sabiduría los indios cubeos del Vaupés tradujeron a su idioma la idea de Constitución como “la corteza del árbol de la vida de Colombia”. Pero sólo el sentimiento y la cultura constitucionales pueden lograr que sea una corteza viva.    

 

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