Por: Daniel García-Peña

La carta veinteañera

LA CONSTITUCIÓN DE 1991 ES DE LE- jos el salto institucional más democrático y progresista que ha tenido nuestro país.

 

Antes de 1991, Colombia no se reconocía a sí misma como multiétnica ni diversa, sino que se definía como hispana y blanca. No había separación entre Estado e Iglesia (“La religión católica, apostólica, romana, es la de la Nación”, rezaba la Constitución de 1886) y para divorciarse se necesitaba ir a Venezuela o Panamá. Los gobernadores departamentales no eran elegidos popularmente, sino nombrados por el presidente, y hasta tres años antes, los alcaldes municipales también. Los presidentes gobernaron por decreto durante buena parte del siglo pasado, por razones de orden público, nunca escasas en Colombia.

Pero lo más increíble de la Constitución de 1991 y quizá su principal característica es que, a diferencia de otros países y de nuestra propia historia, no fue el fruto de una guerra civil o del triunfo de un proceso revolucionario ni tuvo tras de ella un partido político sino que nació como iniciativa ciudadana.

En sus inicios, el propio gobierno de César Gaviria hablaba de una reforma constitucional a la carta vigente. Pero ante la desfavorable correlación de fuerzas en la asamblea, finalmente accedió a darle carácter de “constituyente”, con la revocatoria del mandato del Congreso existente, lo que motivó la renuncia de Misael Pastrana. Por ello, a Gaviria hay que reconocerle, no tanto por haber sido su impulsor original, sino por haber tenido el valor democrático de permitir su desarrollo y, más recientemente, por defenderla con inteligencia y ahínco.

Pero lo cierto es que una vez promulgada, no había sujeto político para hacerse cargo de su implementación. En un acto que algunos calificaron como grandeza y otros como un haraquiri, los constituyentes, los más indicados para realizar esa tarea, decidieron autoinhabilitarse. Las dos nuevas fuerzas políticas que dominaron la Constituyente, la Alianza Democrática M-19 y el Movimiento de Salvación Nacional, se desvanecieron de inmediato y la carta recién nacida quedó en manos de los partidos tradicionales. Para rematar, como bien lo dice León Valencia, a la Constitución de 1991 empezaron a dispararle la extrema izquierda y la extrema derecha desde su nacimiento.

Huérfana, fue adoptada por los ciudadanos y ciudadanas. Mientras la Constitución de Río Negro fue la de los liberales radicales y la de 1886 la de la regeneración conservadora, la Constitución de 1991 ha sido de la gente.

Con tutela en mano, personas comunes y corrientes se encargaron de defenderla y desarrollarla, logrando, por ejemplo, avances en temas sensibles como el aborto y los derechos para las parejas del mismo sexo.

Nuestro sistema político aún está lejos de ser una democracia real y efectiva, pero es indiscutible que a partir de la carta veinteañera se empezó a afianzar un nuevo proyecto de país.

No deja de ser curioso que los únicos que hoy hablan de una nueva Constituyente sean, por un lado, quienes añoran el regreso de Uribe a la presidencia y, por otro, las Farc, no se sabe muy bien para qué. Por algo será.

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@danigarciapena

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