Por: Fernando Carrillo Flórez

La cartografía política

SE ANUNCIA QUE SE VA A DIBUJAR el nuevo mapa político de Colombia. Esa sería una gran noticia cuando en plena crisis global, se reclama el retorno de la política y del Estado.

Cuando cada cual en su radio de acción está repensando su rol y su contribución a la búsqueda del bien común en un momento de transición, ruptura y grandes transformaciones. Cuando las respuestas políticas a los desafíos económicos y sociales no existen o se quedan cortas. Cuando el peor déficit es de respuestas frente a las preguntas.

La crisis ha indicado que es hora de pasar de una sociedad de excesos a una de responsabilidad. Máxime en el caso de quienes representan a los ciudadanos y deben llegar con una agenda nueva, limpia y eficaz para demostrar que es posible hacer política de otra manera. En otras latitudes, particularmente en Francia, la verdadera cartografía política ha jugado un papel fundamental para sentar las bases de la ciencia política. En Colombia no existe mayor sofisticación en este campo.

Por ello, los cambios grandes del mapa político ojalá estuvieran fundados en las convicciones, aspiraciones o necesidades de los colombianos y en la búsqueda del interés público; en propuestas, programas e ideas nuevas. Pero el asunto es el de siempre: cómo aprovechar la coyuntura política para aspirar al botín público. Todo ello a un costo muy alto frente a banderas políticas globales que exigen responsabilidad, transparencia y rendición de cuentas en la política doméstica.

Las coaliciones políticas no deberían ser puertas giratorias endebles, contaminadas por la forma de hacer política con “p” minúscula. Se anuncia sin rubor que gracias al transfuguismo se va a hacer cambiar de camiseta a varios que esperan las ofertas del mejor postor. De nuevo, el debate de las ideas no cuenta pues es irrelevante si se trata de una retaliación contra quienes desafían una mecánica política sin contenidos. Porque si las ideas escasean, las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política se van al suelo.

Triste forma de hacer la política. El problema de las aguas turbulentas para quien oficia de fontanero de la política es que no pocas veces son aguas negras. Se han vuelto negras, entre otras, por las mismas reformas cortoplacistas que han restablecido privilegios que llevaron aun a proponer la resurrección de la inmunidad parlamentaria o el fraccionamiento del período del Presidente del Congreso.

El próximo debate electoral debería ser la instancia para ventilar las ideas que necesitan los colombianos para comprender el mundo que se asoma. La gente no puede participar en política a base de impulsos mecánicos o reflejos condicionados, como si se tratara de hooligans de la política y no de ciudadanos. Por tanto, recuperar la centralidad de la buena política debería ser la tarea mayor del liderazgo político para las próximas décadas.

Como lo reclamaba el editorialista de este diario el domingo pasado, todavía el Presidente podría orientar su brújula hacia la construcción de un escenario de convergencia que aglutine fuerzas de distintos orígenes en la recta final de su gobierno. Ese sería un paso firme para que un nuevo mapa político local abriera el camino a la relevancia en el mapa político global.

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