La casa en el aire

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“Voy a hacerte una casa en el aire

Solamente pa’que vivas tú…

Si te preguntan cómo se sube,

Deciles que muchos se han perdido…”.

Rafael Escalona

Soy una papita apasionada por los vallenatos y perdidamente enamorada de la cultura caribe (costeña) que recorre el país. Me gusta el vallenato viejo, el bollo limpio con suero fresco y el chicharrón tibio de desayuno luego de una parranda de esas que son antológicas en el Festival Vallenato en Valledupar. Mis días no son iguales si en el mes no hay mote de queso y creo firmemente que la vida en el mar es más sabrosa. Por eso admiro muchísimo a todos los hoteleros que durante 2020 se dieron la pela de mantener a flote sus negocios y los contratos de sus empleados y, sobre todo, cómo siguieron apostándole, con las uñas, a seguir siendo un ejemplo de reactivación.

Para mi cumpleaños me dieron un regalazo: ¡un viaje a la casa en el aire, literalmente! Pero, como era de esperarse, me saltó el gusano de la duda: “¿El avión será seguro?”, “¿llegar a un hotel hoy será bueno?”, “el virus sigue creciendo, ¿será que mejor espero un año?”. El susto propio de sobrevivir cada día a una guerra silenciosa que, tristemente, no depende de mi estrategia sino de cuanto personaje se me cruza en el camino. Sin embargo, mi casa en el aire se veía tan perfecta que también empaqué los miedos en la maleta y me fui al paraíso.

Llegué a @lasislasbaru, un hotel en medio de la ciénaga de Cholón, en Barú (Cartagena). Pueden irse por tierra o en lancha. En mi caso el paseo era con lancha, pues así venía mi sorpresa. A diferencia de mi anterior estadía con ellos, que fue algo flash y estuve solo un par de horas en las que lo único que hice fue dormir, en esta oportunidad me gocé hasta los niños gritones de las sillas de al lado. El concepto de reconectar es poco realmente, pues no solo es encontrarse con uno mismo y con la tierra, como dirían los “iluminados”, sino que en esta oportunidad pude reconectarme con el servicio donde la sonrisa lo era todo.

Mi casa en el aire, la misma que he soñado y en la que siempre quise vivir. Una habitación a buena altura del piso, quizas dos pisos a vista de pájaro, un bungalow. Con todas las comodidades modernas, pero que, con el paisaje, lo llevan a uno de regreso a lo básico: cantos de aves que acompañan los libros y una vista que a través de los árboles deja ver el hermoso mar Caribe.

Todos, tanto huéspedes como empleados, vivíamos con nuestro sagrado tapabocas, ni en chiste, ni por egoísmo, se veía gente sin él. Poco a poco fui testigo de una promesa de venta que entendí después de hablar con su gerente de Alimentos y Bebidas: “Mantener la calidad ajustando las tarifas a la nueva realidad del turismo nacional”. Ellos le apuntaron a lograr un reconocimiento nacional sin cambiar ni el servicio ni sus proveedores. Y va uno a ver y es real. El desayuno que comí hace unos 18 meses lo repetí igualito y hasta más rico, pues tuve tiempo de aprender cómo socialmente todos podíamos darle espacio al servicio, pero a mejores precios.

Mi siguiente inquietud era sobre el almuerzo, pues en mi anterior visita me pareció desproporcionado el buffet y su costo para un lugar donde, realmente, el valor estaba en la atención, en las habitaciones y en el gusto de compartir esta reserva que abre sus puertas al público para disfrutar de su ecosistema, que se mueve entre una selva perfecta y el cristalino mar de las Islas del Rosario. ¡Sorpresa! No existía lugar para mis dudas. Por el contrario, la carta cuenta con una gran variedad que permite comer lo que se ofrece y, además, pedir platos alternos del día. Esto me permitió pedir todo lo que trajeran los pescadores de la zona, pues en mi casa me enseñaron que a donde vas, busca lo que hay.

Con proyectos para incentivar la pesca responsable y respetar las temporadas de veda sin exprimir el mar, me comí la mejor cangreja en años. Sencilla, sin salsas inventadas ni cosas rimbombantes, esa cangreja con ensalada fresca y patacones fue un placer infinito. Además, disfrutamos de pargo, langosta, pulpo, ceviches… y hasta barracuda nos ofrecieron. La verdad, el sabor de esa pesca fresca no tiene comparación. Algunos productos más medidos que otros, pero, como dice mi abuela, al que madruga Dios le ayuda, y sí que madrugué esa semana.

La pandemia trajo una nueva ola del mar, pues en algunos casos complicó la llegada de proveedores y en varias ocasiones tocó regresar a los empleados a sus casas. Pero algo que esta situación no le quitó al proyecto fue la capacidad de adaptarse a la nueva realidad. Todo fluye, la gente sonríe, uno puede cerrar los ojos y pedir, siempre hay alguien que ayuda.

Para finalizar, cuando uno pensaría que no existe más perfección al reunir mi casa en el aire, la comida, el paisaje y la calidez humana, la sorpresa más grata fue el observatorio de estrellas, con personal especializado para conocer de cerca la luna y los planetas y admirarlos desde un gran telescopio. Literalmente me transportaron a los anillos de Saturno y me regresaron a mi casa en el aire, a la que siempre regresaré en mis sueños. Ojalá algún día vuelva a disfrutar de ese espectacular paraíso de mi Colombia.

Posdata. Tengo que reconocerlo, gran parte de mi dicha la hicieron las señoras camareras, que todas las noches me daban tips para disfrutar la reserva, y el equipo de mesa, cocina y bar. Jonathan Carvajal es el mejor embajador de la marca, como director de A&B le sobran herramientas para solucionar la vida de sus comensales y hasta de las habitaciones, además de ser gran representante tico. Mientras que Yesenia, Roxana, Aidee, Luis y todos los cocineros y meseros se aseguraron de que vuelva apenas la pandemia me lo permita, ya que me quedaron varios platos por probar. Gracias a todos por sus sonrisas, pues es lo que más me cautivó en medio de los protocolos y medidas de bioseguridad.

@ChefGuty

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