Por: Diego Aristizábal

La casita de Santos

Ahora resulta que el presidente Juan Manuel Santos es un experto “catador” de casas de interés social. El buen hombre sacrificó una noche en su “palacio” para saber cómo duerme el pueblo, como es vivir en un barrio popular.

Lo curioso es que en las fotografías que distribuyó Presidencia a los medios de comunicación no hay pueblo ni tampoco barrio porque en la urbanización Nando Marín en Valledupar él era el “único”. Claro, tenía que ser así, porque después de su experiencia daría recomendaciones: “Quedó muy buena, sólo un reclamo, la presión de la ducha, ésta puede ser mejor”, dijo, mientras, supongo yo, pensaba: “Recomiendo también que al baño le pongan bañera y que nunca falte la espuma y una copita de bourbon”.

Y así entonces las 320 viviendas quedaron con el visto bueno. El apartamento modelo, que en este caso tenía al Ken sin la Barbie, pasó la prueba y dentro de poco sus vecinos, con quienes no se tomó ni una cerveza, ni tuvo la necesidad de pedirles un poquito de aceite, ni una taza de arroz, podrán contar como anécdota que por una noche, en el apartamento 104 del bloque E, el príncipe se hizo mendigo y todo se mediatizó.

No dejo de imaginarme la ansiedad que sintió el Presidente días antes de partir a su morada en Valledupar. ¿Cómo será eso de dormir en un espacio de 49 metros cuadrados donde caben tres habitaciones y vivirá una familia? Igual que los niños ricos cuando se van de camping con sus amigos del colegio supongo que empacó en su mochila de explorador una cantimplora con agua pura y un par de sánduches de Palacio, nadie sabe lo que pueda pasar mientras se explora, mientras por un momento de la vida se quiere vivir con el vulgo que no aparece en las fotos. La expedición fue maravillosa, lo “inhóspito” del paseo fue menguado por el grupo de escoltas y el cerco de la Policía que hicieron parte de este reality show.

El presidente apenas tuvo tiempo de sentir el tedio, el encierro de los muros sin ninguna decoración. Antes de la tacita de té, leyó la prensa, posó para la cámara, saludó a sus vecinos invisibles desde el balcón. “Barrio sin gente no es barrio”, no sé si lo pensó. ¡Qué va! él no sabe de eso, los presidentes poco o nada saben de barrios. Viven aislados, carecen de vecinos que toquen la puerta para pedir un favor. Todos creen pertenecer al pueblo cuando en realidad apenas lo tocan con una sonrisa indiferente, con un discurso de muros prefabricados.

A los presidentes colombianos les hace falta más barrio, más convivencia real con el otro, más diálogo en la tienda, más vendedores que les toquen la puerta, más niños jugando “tintín corre corre”. Les hace falta ser más ciudadanos, montar más en bus, salir a pie para el trabajo, mirar de qué están hechas las calles sin escoltas. Los presidentes colombianos han sido grandes impostores porque lo único que buscan con todo esto es llamar la atención, dar muestras de humildad que no poseen. Recordemos nada más los muchos actos ridículos que el anterior presidente, Álvaro Uribe, protagonizó en este país.

Como supuestamente todos los presidentes se sienten tan complacidos viviendo en pequeños espacios, durmiendo en hamacas en la selva, cruzando ríos, comiendo frituras por la calle, no estaría mal pensar que donde queda la Casa de Nariño se construya un gran geriátrico de escasos metros cuadrados para que vivan tanto el presidente como los expresidentes con sus respectivas familias. Apenas dispondrán de una modesta pensión que, si mucho, les permitirá comprar las cosas más baratas en un San Andresito que será construido al frente para que interactúen permanentemente con la comunidad. Desde luego esto es una estupidez, un presidente colombiano jamás será capaz de cambiar por más de un día su imponente silla de cuero por un humilde puff donde lee incómodo el periódico en calzoncillos.

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@d_aristizabal

 

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