Por: Sorayda Peguero

La Catalunya que me gusta

Sigo siendo una turista en Catalunya. Después de una década viviendo en un municipio de Barcelona, me mantengo fiel al método Cortázar, que le decía a su amigo Eduardo Jonquières –refiriéndose a sus primeros cuatro meses en París–: “Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada”. Lo de preservar el asombro empezó siendo un recurso útil para distraer la melancolía, pero con el tiempo se convirtió en una herramienta de supervivencia de la que no quiero prescindir. 

Tras lo ocurrido el domingo 1 de octubre en Catalunya, pasé de la incredulidad total a una gran pena. Las escenas parecían sacadas de una película que bien podría protagonizar Torrente. En dos barcos anclados en el Puerto de Barcelona se alojan policías que vinieron a impedir el referéndum. En uno de ellos están pintadas las caras del Coyote, Piolín y el Pato Lucas. Parece un relajo. Pero no lo es. Algunos de los policías vinieron dispuestos a propinarle fuetazos a la gente que quería votar. Y lo hicieron. Las imágenes que quedaron para el recuerdo son vergonzosas. Unas horas antes, en la Plaza de Cibeles, en Madrid, un grupo de manifestantes –la mayoría de ellos adolescentes a favor de la “unidad de España”, en contra del referéndum catalán, empuñando banderas y con el brazo levantado–, entonaba Cara al sol, el himno franquista por excelencia.

Cuando me preguntan qué opino de todo esto pienso que mi respuesta puede decepcionar. Quizá esperan que me posicione a favor de un bando o de otro, y que apoye mi opinión en “serios” argumentos políticos. En vez de eso, evito las banderas y los nombres de quienes tienen el mando y la palabra, de los que han estado hincando el mazo hasta abrir la grieta. Evito las ideologías, las consignas y los himnos. Y hablo como una turista que acaba de empezar un romance con esta región. Navego al desvío. Como ahora.

Hace unas semanas me invitaron a un programa de radio para hablar de literatura. Éramos cuatro mujeres, dos catalanas y dos latinoamericanas. Cada una de nosotras, sin que nos pusiéramos de acuerdo antes de salir al aire, habló en su lengua materna. Hicimos el programa en catalán y español. Así es la Catalunya que yo prefiero. La del bilingüismo, la de los niños indios jugando críquet al pie de un reloj de sol, la de los ancianos catalanes bailando sardana en los parques, la de los brasileños celebrando el Día de Brasil cada mes de septiembre, la de los andaluces festejando su Feria de Abril cada primavera. La Catalunya que a mí me gusta es la que guarda memorias de los años febriles de Picasso, la de la cocina volcánica de la Alta Garrotxa, la de mar y montaña, la de las calles sinuosas que van a parar a Port Lligat, la del bon seny.

American Airlines aconsejó a sus clientes que no visiten Barcelona durante estos días de tensiones políticas. Justo ahora, que se presentan las exposiciones de Lita Cabellut, Andy Warhol y Giorgio de Chirico. Que viene a cantar Diana Krall, y Angela Davis a dar una conferencia. Precisamente ahora, que hay un festival de cine en Sitges, una feria de turrón y chocolate en Agramunt, y un festival internacional de blues en Cerdanyola. Se lo van a perder. 

Con todo lo bueno, vivir en Catalunya me ha supuesto tardes de invierno colmadas de lamentos y llantos. Con la tercera primavera llegó el tiempo de la seducción. Florecieron los almendros y me dio torticolis por andar mirando los balcones modernistas. Fui a clases de catalán. Me hice amiga de una argentina que me prestaba libros raros y que me decía “hija de puta” muerta de risa. Me perdí mil veces en los callejones del Barrio Gótico y bebí de la fuente de Canaletas un sábado por la tarde. Lo que me une a Catalunya no es un sentimiento de pertenencia. Mi piel y mis huesos se deben a otro mar. Pero sé que no hubiera podido resistir la lejanía de tantas cosas queridas sin las artes del buen Amor, y sin la voluntad de seguir siendo una turista. No creo que haya mejor lugar en el mundo para cultivar el asombro.

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