Por: Juan David Ochoa

La catedral y el fuego

El lunes 15 de abril el mundo vio en directo el incendio progresivo de la catedral de Notre Dame, iluminada una noche entera por el fuego que la consumía sin el tacto y sin la piedad de su larga construcción entre los siglos de la Edad Media. Los tiempos heredados de su levantamiento atravesaron las aflicciones de esos pueblos de Europa apenas nacientes y aturdidos en el temor profundo  por el futuro del espíritu y una adoración genuina que podía trascender sobre la incertidumbre de la muerte. La catedral se construyó como la más alta realización de un pensamiento y una ensoñación: un monumento más grande que todas las ambiciones y los deseos que pudiera universalizar el conocimiento comunicando la unión entre la fragilidad y el esplendor eterno de un paraíso; una metafísica que pudiera palparse con la majestuosidad humana aunque tuvieran que pasar doscientos años para verla tangible. Bajo sus cimientos, siglos antes de su primera piedra, también estuvieron levantados allí el templo de Júpiter de los romanos y un antiguo espacio ritual de los celtas. Notre Dame es un centro de la evolución del misticismo y un espacio en que converge el mundo con sus ofrendas al misterio en un orden propuesto.  Su monumentalidad es la representación más exhaustiva y posible de lo imaginado y su imponencia es la síntesis de una cosmovisión acorde a los límites de las leyes del mundo. Por esa misma razón y bajo esa atmósfera Napoleón eligió ese lugar para coronarse como el máximo espíritu de un imperio y de una época, y se hicieron allí los funerales de Estado más solemnes de Francia, y la beatificación de Juana de Arco, y las interpretaciones sobre el órgano mayor que intenta siempre elevar las ondas de su música tubular hasta las últimas esferas del cielo.

La catedral resistió todos los giros traumáticos y destructivos de los paradigmas: la furia y la estampida de la revolución que arrolló todos los templos que representaban la cosmovisión del pasado; el prolongado reinado del terror que persiguió todo indicio de disidencia hasta la última muerte, y otros siglos después, la incursión de las tropas de Hitler que llegaron desfilando con el hambre de su ruina y sus escombros, y los fugaces pasos de ISIS con sus ráfagas del nuevo Califato, y los temblores y las tempestades y la vibración profunda de los truenos y la crisis de la cristiandad que seguirá desmoronando sus obispos y sus tronos y sus pactos de imperceptible miseria. En su imponencia está siempre intacta la virtud de un mundo que se hunde y solo puede sostenerse  entre los símbolos de su lejana sublimidad. Verla arder en esa luz interminable y voraz fue ver arder el milenio de una ensoñación construida por los muertos que dejaron su fervor para que la civilización de otro futuro pudiera verla terminada, un monumento estético al universo consumido por la crueldad también estética del fuego ante el espanto de los mortales que la vimos derrumbarse en una noche repentina del siglo.

 

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