Por: Pascual Gaviria

La caza del gitano

CADA CIERTO TIEMPO EUROPA DECIde tirar un fósforo sobre las cartoneras donde habitan los gitanos. Parece increíble, pero también la Europa sutil tiene los suficientes arrestos bárbaros para lidiar con sus propios descastados. Una tribu de herreros, músicos y adivinos según los cuentos populares; una horda sucia de ladrones y desadaptados según algunos de sus políticos más populares.

Italia es la actual punta de lanza del viejo deporte que alguna vez se llamó “La caza del gitano”. Hace 20 años habitantes de un suburbio romano, sobre todo ancianas y jóvenes, quemaron llantas en las autopistas y en las vías del tren para protestar contra un rumor que situaba a los gitanos como posibles vecinos. Uno de los manifestantes aclaró su posición con singular elocuencia: “No somos racistas. Sólo estamos en contra de los gitanos”. Esa declaración, que parecía un gracioso disparate en la boca de un enardecido, ha pasado a ser parte del lenguaje oficial. El actual alcalde de Treviso, tres veces reelegido, muestra sus credenciales en una entrevista de prensa. “Yo no soy xenófobo, pero odio a los camellos, a las prostitutas, al comercio de armas. Y no puedo tolerar a los gitanos, de hecho destruí dos campos nómadas porque eran un refugio de gente que robaba noche y día. No puedo consentir que niños gitanos de seis y siete años roben a nuestros ancianos”.

Los habitantes de Ponticelli, un barrio de Nápoles con buen olor a camorra, han decidido aplicar por mano propia las políticas del alcalde del norte. Hace unos meses los diez pequeños campamentos gitanos de Ponticelli fueron quemados por una singular tropa de mujeres y niñas armadas de bombas molotov. Los mil gitanos que vivían en los campos, y que ahora no andan en carromatos sino en motocarros Piaggio, vieron arder sus ranchos con la tranquilidad de quien no ha perdido mucho. Al día siguiente el ministro de Defensa, Ignazio La Russa, dio el espaldarazo necesario a los pirómanos: “El tiempo de los campamentos gitanos en Italia se ha acabado. Habrá como mucho pequeños campos de 10 personas para poder controlarlos bien”. No es de extrañar entonces que los cuentos populares gitanos sean arma de consolación durante los velorios y huyan de la inocencia de la moraleja para inclinarse por los sueños de la venganza: “En ese paraíso gitano nuestro todos nuestros hijos gitanos se reúnen y presumen y beben unos a la salud de otros. Los hijos de los gaje (no gitanos) están fuera tiritando de frío y muertos de hambre, mendigando a nuestros chicos algo que llevarse a la boca. Nuestros afortunados hijos gitanos ríen sin parar. Se burlan de ellos, luego comen y vuelven a comer, y no les dan ni un trocito de comida”.

Ahora Silvio Berlusconi está empeñado en renovar a su manera el carné antropométrico que se exigió desde 1912 hasta 1970 y que seguía el ejemplo de las fichas carcelarias: fotos de frente y de perfil, huellas dactilares de los 10 dedos de las manos, además de medidas de cráneo y articulaciones. Los gitanos serán los únicos obligados a someterse a ese registro que anticipa la reseña judicial. El parlamento europeo le ha pedido a Italia revisar la medida, pero la tinta está a la espera de las manos sucias de los gitanos. El gobierno dice que se trata de proteger a los niños romaníes, pero la experiencia europea parece desmentirlos. Entre 1926 y 1973 la organización Pro Juventude, respaldada por el gobierno suizo, separó a centenares de niños gitanos de sus padres con el pretexto de brindarles protección. La paradójica realidad terminó ubicando a los gitanos como víctimas del robo de niños, mientras el estereotipo les impone un saco negro a la espalda con niño dentro.

Mientras Europa sigue mostrando su cara más burda en el intento por ajuiciar a sus descastados, los cuentos populares gitanos siguen repitiendo la razón que les trajo San Jorge luego de visitar a Dios: “Di a los gitanos que vivirán con sus propias leyes. Ellos deben decidir dónde rezar, dónde pedir y cuándo coger algo sin permiso. Es asunto suyo. Ve y díselo”.

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