La chuzada tan anhelada

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Cada semana, en esta columna, intento interpretar algo de lo que nos preocupa o indigna en el país. Porque la vida nacional es un largo sainete y pocas veces, muy pocas, hay verdaderas buenas noticias. Cuando las hay, por lo general provienen de la cultura o de los deportes, sectores que, por cierto, son los que menos apoya el gobierno de Duque. La llegada de las vacunas y el inicio del programa de vacunación fue una buena noticia, qué duda cabe, aunque estuvo opacada por un hecho evidente y muy incómodo, y fue el increíble retraso con el que todo esto comenzó, si se lo compara con los países de la región. Colombia fue superada por todos sus vecinos, que empezaron antes, y no olvidemos que empezar antes es dar más seguridad, más protección, más vida. También es proyectar la sensación de estar en manos responsables y eficaces. ¿Qué pasó? El Gobierno se escudó en la confidencialidad exigida por los laboratorios y en la rapiña internacional, pero en realidad no ha dado, hasta ahora, una explicación válida. Se comprende que hubo rapiña, ¿pero por qué Ecuador, Perú o Chile, países similares al nuestro en capacidad, sí lo lograron? Silencio. No hay respuesta.

Como no se puede explicar lo inexplicable, los asesores de imagen del inocente Duque decidieron darle vuelta a la cosa, ocultar con silencio el bochornoso retraso y convertir la vacunación en una fanfarria. Y ahí, creo, se les fue la mano. Se bajó la caja del avión de DHL arropada con la bandera, con himno nacional incluido; se la recibió con discurso grandilocuente e histórico, por momentos greco-caldense. Se entiende que el mensaje debía ser positivo, pero, ay, tan cerca de la cursilería, la sobreactuación y el ridículo, pues hasta los recién bautizados comprenden la estrategia de borrar dibujando encima. Bueno, al menos la cosa ya empezó, pero el primer día histórico, de nuevo, se convirtió en un bochornoso episodio de aplausos pregrabados al ver, de un lado, los increíbles afanes del Gobierno, ahora sí con rapidez y total disponibilidad de aviones, por capitalizar políticamente la primera vacuna y estar en la foto, y del otro, la pobreza del inicio del programa: tan solo 18 dosis, apenas 18 colombianos vacunados, de los 50 millones, en la primera jornada histórica del histórico programa criollo de vacunación. ¿Tan poca cosa somos y tan poco tenemos? Esto no es ver el vaso medio vacío, sino comprobar que el vaso estaba completamente vacío, apenas con una gotícula húmeda al fondo.

Lo que no comprenden los costosos asesores de imagen de Duque es que, para borrar el bochorno de la demora inicial, lo que se debe es arrollar con una campaña deslumbrante y ágil de vacunación. Todavía pueden hacerlo. Y sólo espero, aunque es perfectamente imaginable (“piensa mal y acertarás”), que aquí no se repitan los escándalos de vacunaciones VIP, como sucedió en Perú y Brasil. Porque si los colombianos llegamos a enterarnos de que la familia Sarmiento Angulo o las familias Lafaurie Cabal o Valencia ya fueron vacunadas como cortesía del Gobierno, o que Álvaro Uribe ya goza de inmunidad (además de la que está por regalarle su fiscal subalterno Gabriel Jaimes) junto a Tomasito y Jerónimo, entonces sí que habrá una gran revuelta. Una revolución francesa en Colombia.

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