Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

La CIA, el Monstruo y otros

Son múltiples las causas y factores que, al juntarse, originaron el estallido de la Violencia en Colombia, en particular en su primer período 1948–1953. Uno, sin duda, es el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán. Otro, la dictadura que, iniciada en el gobierno de Mariano Ospina Pérez (1946–1950), se perfecciona (si tal término cabe para definir un atentado contra la democracia) con el advenimiento de Laureano Gómez, alias el Monstruo.

Gómez, falangista, simpatizante de Hitler, ganó las elecciones presidenciales como candidato único pues ya se había retirado el liberal Darío Echandía (a quien le mataron al hermano, en un atentado perpetrado por la policía). La dictadura laureanista acaba con la libertad de expresión y pensamiento, censura la prensa, cierra el Congreso y baña de sangre los campos de Colombia.

Y comienzo esta nota con el detestable engendro en mención porque, según un reporte del diario El Tiempo (14-05-2017), archivos desclasificados de la CIA revelan cables sobre varios presidentes colombianos, incluido el admirador de Franco y el Führer, que en su gobierno despótico intentó resarcirse con los yanquis mandando a Corea al Batallón Colombia.

Como es fama, la injerencia estadounidense, en particular en América Latina, es de vieja data y en Colombia se puede remontar a los oficios intervencionistas para separar a Panamá, en los días del cazador del gran garrote Teddy Roosevelt. Sobre Laureano se dice que lidera una facción “violenta e inflexible” de “un régimen conservador despiadado” que estaba a punto de “imponer una de las constituciones más reaccionarias jamás ideadas en América Latina”.

Hasta la CIA parecía estar aterrada con las características del godo, al que el médico José Francisco Socarrás le dedicó un psicoanálisis, en el que, entre tantas cosas, advierte que “el Monstruo se ruboriza como una colegiala” y representaba una “forma específica de perversión de la violencia”. El caso es que, pese a las ganas de prosternarse ante Washington, no logró la confianza de los Estados Unidos.

La política exterior gringa, que pone y depone presidentes y otros funcionarios, vigiló las actuaciones de otros mandatarios colombianos, aunque se podría intuir que sobraba tal monitoreo, pues todos, sin excepción, han estado al servicio de los intereses del imperio. Sobre Alfonso López Michelsen (1974–1978) la CIA aparece tranquila, porque el ejercicio de este presidente “no va a traer cambios en las relaciones con Estados Unidos ni en las políticas locales”. Y como si esto fuera poco, añade: “Los latifundios no se van a tocar, pues la mayoría de los apoyos financieros de López vienen de terratenientes”.

Se recuerda que tal vez el mayor paro cívico nacional en la historia del siglo XX en Colombia se hizo contra el llamado “gobierno de hambre, demagogia y represión” de López Michelsen, un tipo que alguna vez tuvo, como táctica para afinar sus posiciones burguesas y proyanquis, escarceos izquierdistas.

Cables de la CIA sobre Julio César Turbay Ayala (1978–1982), uno de los presidentes más represivos de Colombia (recuérdese, por ejemplo, el Estatuto de Seguridad), formulan que este “político superficial” no ha sido aceptado por la élite “por su falta de educación formal y antepasados libaneses” y señala que entre sus círculos había corruptos y narcotraficantes. Turbay, sobre quien el pueblo ingenió miles de chistes, decía que la corrupción había que reducirla a sus “justas proporciones”.

A Misael Pastrana Borrero (1970–1974), el que llegó a la Presidencia tras un monumental fraude electoral, la CIA lo califica como “tecnócrata con experiencia”, más parecido a “un burócrata de rango medio que a un líder político dinámico”. Era, así lo reconoce el organismo, “una marioneta del establecimiento”. El movimiento estudiantil más arrollador que ha habido en Colombia (1971) se levantó contra las políticas antinacionales y antieducativas de aquel gobierno con el que terminó el Frente Nacional.

La CIA describe en sus informes a Belisario Betancur, con “imagen de abuelo”, como “un político mucho más astuto de lo que muestra” y lo examina como alguien que se puede resistir a la política de Ronald Reagan en cuanto al uso de herbicidas y en las políticas de extradición. Y sobre sus procesos de paz (los calificaron de “pseudopaz”) dice que eran una oportunidad para los subversivos de “descansar, reagruparse y reclutar”.

Sobre los últimos presidentes parece que no se han desclasificado documentos. Lo que sí es claro es que, por ejemplo desde los días de César Gaviria hasta hoy, todos ellos han complacido a placer a los Estados Unidos, las transnacionales y el Fondo Monetario Internacional.  Porque, como dijo Gaitán, el gobierno colombiano ha tenido “la metralla homicida para el pueblo y la rodilla puesta en tierra ante el oro yanqui”.

 

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