Por: Julio César Londoño

La ciencia gira al Oriente

DESDE KEPLER Y HASTA EL SIGLO XIX el universo fue un engranaje sutil, y Dios su relojero. Pero desde el primer año del XX las cosas empezaron a cambiar. En adelante, el mundo se parecería más a un gran pensamiento que a una maquinaria, con el agravante de que era un pensamiento no siempre lógico.

La centuria fue inaugurada con los alarmantes postulados de la mecánica cuántica (1900): la naturaleza procede a saltos, la energía es discontinua, el electrón salta de una órbita a otra sin cruzar la zona intermedia, y puede pasar, al tiempo, por dos agujeros practicados en una pantalla sin dividirse (el electrón no es una ameba). También es posible, en principio, que un carro atraviese una pared sin romperla ni mancharla (efecto túnel). Hay unas partículas que retroceden en el tiempo, como lo demostró R. Feymann, y otras, los tachyones, ¡que llevan información de hechos que no han ocurrido!

Antes de que nos repusiéramos de la sorpresa, Einstein demostró (1905) que la masa de los cuerpos crece con la velocidad, que un metro no es siempre un metro ni un segundo un segundo, que un grano de materia podía iluminar una ciudad —o borrarla del mapa– y que el universo era curvo y finito. Su ecuación e=mc2 tendió, como veremos, un puente insospechado entre el espíritu y la materia.

Antes, en la primavera de 1901, B. Russell descubrió aterrado que había proposiciones falsas y verdaderas a la vez. Entonces los principios de no contradicción y del tercero excluido vieron restringidos sus dominios, los cuadros blancos o negros de la lógica se convirtieron en un gran fresco de grises y muchas áreas de las investigaciones, por ejemplo la tecnología digital y la estadística de poblaciones, empezaron a regirse exclusivamente por los dictados de la lógica fuzzy (borrosa).

Todo lo sólido se desvanecía en el aire: en busca de la esencia de la materia los físicos desbarataron átomos, protones y quarks, y al final sólo les quedó entre los dedos el espectro de una ecuación. Entonces Russell comentó: “La gente cree que la materia es sólida, pero el físico sabe que es sólo una onda de probabilidad oscilando en la nada”, y Bachelard ironizó: “La sustancia es la sombra del número”.

“La materia es etérea y la mente roca sólida”, afirmó I. J. Good. Pablo Dirac habló del “libre albedrío” de los electrones. Arthur Eddington acuñó la expresión “materia mental” para significar que el sustrato último de las cosas es de naturaleza psíquica y Erwin Schrodinger postuló la existencia de una sola mente.

Rodolfo Llinás nos ha recordado que los sonidos y los colores sólo existen en nuestra cabeza, no en el mundo exterior, y asegura, impasible, que el YO es un engendro del cerebro para tranquilizar la conciencia, para darnos una ilusión de permanencia en ese frenesí esquizoide que llamamos “personalidad”. (La conciencia, asegura, es un campo generado por los osciladores eléctricos localizados en la oliva inferior, un importante núcleo celular situado en la parte inferior del tallo cerebral).

Finalmente, el Yogi Ramacharaka cerró el círculo: “La materia es energía condensada, y la energía es una densa modalidad del pensamiento. De modo que la materia sutilizada es energía, y la energía sutilizada es mente, y el pensamiento más sutil es indistinguible del espíritu”.

Ramacharaka reconoce que se inspiró en la ecuación de Einstein para la construcción de estos pasmosos silogismos. Quizá tenga razón, quizá un día comprendamos que la ciencia y la religión son tan convergentes como la prosa y la poesía. Quizá mañana un compositor cuántico descubra el himno de las supercuerdas, la ecuación sagrada que nos permita trazar el plano total del laberinto.

(Extracto de un ensayo de mi último libro: ¿Por qué es negra la noche?)

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