Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

La ciencia que se vaya al diablo

En una carta que el biólogo Richard Dawkins le manda a su hija Juliet, de diez años, se cuestiona la información que recibimos por “tradición”, o por la “autoridad” (el pontífice, el presidente, el profesor…), o por “revelación”. Y propone, en forma elemental, cómo llegar a tener evidencias de las cosas. Es posible alcanzar el conocimiento, solo con la utilización de métodos científicos. Más o menos es lo que advierte en la misiva el autor de El gen egoísta.

En Colombia, donde desde las cúpulas del poder se ha desdeñado a la ciencia, son más conocidos, por supuesto, los corruptos, los mafiosos, los “exasesinos” (¿?), los patanes de la politiquería, que los científicos. A quién demonios le interesa si hay o no presupuesto para la educación, la investigación, el pensamiento. Se sabe que al rebaño hay que mantenerlo a punta de telenovelitas, realities, con los “payasos” (el término es de Garrincha) del fútbol y la promoción de la pendejada.

Se promulga desde los medios masivos, las redes sociales, (antes era desde los púlpitos), en fin, la pérdida de tiempo que constituye pensar, o leer libros, o estar metido en un laboratorio (no para procesar cocaína) o investigar por qué en los barrios más pobres las señoras tienen tantos hijos. A quién diablos le interesa saber qué hizo Julio Garavito (no confundir con alguna asesino pederasta) o acerca de lo que ha descubierto Rodolfo Llinás. Vale huevo.

Ni riesgos de aupar la investigación en ciencias sociales y destacar el humanismo. Eso pa’qué. No da réditos económicos. Y a lo mejor, ni siquiera un votico. Qué cuentos de enseñar de nuevo historia, porque, a lo mejor, se pueden enterar de tantas miserias y despojos en nuestro pasado, de tantas manipulaciones y mentiras. A quién le importa si alguien está investigando acerca de la tenencia de la tierra en Colombia.

Y esta retahíla tiene que ver con la situación de postración en que el Estado mantiene a la ciencia, la cultura, la educación. El conocimiento científico se ataca desde las esferas oficiales con recortes de presupuestos, con la negación de una política pública que respalde el amor por el saber, por los hallazgos de la ciencia, por maneras de pensar que conduzcan a la independencia intelectual y política.

Hoy, como es fama, se miden los profesores, los grupos investigativos, los libros y otras publicaciones académicas con los mismos raseros de la gerencia, de las actividades rentísticas. La universidad, entonces, tiene que dar plata y moverse en los circuitos de las doctrinas neoliberales. Tiene que competir y producir parte, cuando no todo, para su sostenimiento.

El profesor Francisco Cortés, director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, advirtió en una columna del periódico Alma Mater que “la educación se ha convertido en una mercancía. La ciencia y las humanidades son destruidas al imponerles los principios universales de la competencia y la mercantilización”. Y todo el andamiaje oficial contra lo públic, se manifiesta en las universidades con los recortes presupuestales.

La paz, dice uno tan ingenuo, debía construirse con el respaldo a las universidades, a la educación pública, al estímulo de la investigación científica y al pensamiento social, filosófico, humanístico. Pero no. Al contrario, los recursos de regalías destinados por ley a la investigación en ciencia y tecnología se destinarán a la construcción de vías terciarias. Que las hagan, pero sin afectar los presupuestos de la ciencia.

Pero, qué podemos esperar con un ministro de Hacienda que tiene el descaro de decir que con “muy poquito” se puede hacer mucho en la ciencia y la investigación. Y como estos rubros siempre han sido despreciados, la movilización social para exigir respeto y fondos suficientes para el propósito del saber es nula. Apenas unos cuantos universitarios se han expresado en las protestas: “Quien le resta a la ciencia le suma a la violencia”, “Sin ciencia no hay conciencia”, decían algunos carteles enarbolados por investigadores afectados.

Colombia, o quienes ejercen el poder, ha seguido al dedillo las instrucciones del credo neoliberal para segregar y darles palo a la investigación y, en general, a las ciencias. En Argentina y otros países del continente, se ha dado más de lo mismo contra la educación y el pensamiento científico. Y hasta el villano Trump lo ha hecho en su país, con recortes presupuestales a la Agencia de Protección Ambiental y a los que investigan las causas y daños del cambio climático en el mundo.

En Colombia, la “autoridad” y la “tradición” han ido contra la ciencia, la educación y el pensamiento. Hay que poner en evidencia esas y otras aberraciones. Y combatirlas.

 

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