Por: Marcos Peckel

La Ciudad de Pedro

San Petersburgo. Andando por esta ciudad, fundada hace poco más de tres siglos por Pedro el Grande —tercero de la dinastía Romanov—, uno se pregunta si la palabra “pequeño” existe en la lengua rusa. Acá todo es imponente: avenidas, edificios, palacios, iglesias, plazas, rotondas, cúpulas, tiendas, cuadras y el país. Sus 17 millones de kilómetros cuadrados abarcan desde la esquina oriental de Asia hasta la mitad de Europa, pero Rusia no es ni lo uno ni lo otro; es, simplemente, Rusia, un continente en sí mismo, la de Pedro el Grande, fundador del imperio; Iván el terrible; Catalina la Grande; los Alejandros y los Nicolás; Vladimir Lenin y Yosef Stalin y, por supuesto, Vladimir Vladimirovich Putin. La Madre Rusia de los inmortales escritores, músicos, filósofos, artistas, bailarines, la del Sputnik, los cosmonautas y la KGB, la de su propia Iglesia Ortodoxa, una gran e interminable “matrioska histórica”.

Fue en esta ciudad, en octubre de 1917, en la entonces Petrogrado, donde se lanzó desde el acorazado Aurora, hoy atracción turística, la señal de comienzo de la revolución bolchevique: “Todo el poder a los soviets”, que sepultó siglos de dominación de los zares y acabó con el corto gobierno de transición de Kerensky. Tras la revolución, la capital fue trasladada nuevamente a Moscú, pues esta ciudad, europeizante y aristocrática, era percibida como enemiga de la “nueva Rusia”. Tras la muerte de Lenin fue bautizada Leningrado y así quedaría hasta que un referendo le devolvería su nombre original: San Petersburgo.

Con la implosión de la Unión Soviética, los rusos perdieron cinco millones de kilómetros cuadrados, que quedaron en manos de 14 nuevos estados nacidos de ese big bang que Putin ha denominado “la peor tragedia geopolítica del siglo XX” y que observadores, analistas y políticos completan haciendo uso de su imaginación: “Por lo tanto, toca deshacer esa tragedia”. En otras palabras: “Recuperar esos territorios”.

Desde la época de los zares, ha sido un enigma para occidente la política exterior rusa; sin embargo, hay una constante simple: al menor atisbo de amenaza a los intereses del Kremlin, sea quien esté ahí, la reacción es brutal, tal como ocurrió en las secesionistas Chechenia, Georgia y Ucrania; más lejos en Siria, como casos recientes, y Checoslovaquia y Hungría, durante la guerra fría. El realismo puro y duro en las relaciones internacionales. Pero, de ahí a querer tomarse por la fuerza nuevamente los Bálticos o Asia Central, hay un largo trecho. A menos que amenacen al Kremlin.

Por estos días —las noches no duran más de tres horas—, la ciudad esta abarrotada de turistas chinos y cruceristas; las franquicias estadounidenses de comida rápida asoman por doquier; la gente no habla de Siria, ni de Ucrania, y Trump y Putin se disputan el protagonismo en las imágenes de las matrioskas que adornan las vitrinas de las tiendas de souvenirs.

 

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