Por: Lorenzo Madrigal

La ciudad no está de mostrar

DI UNA VUELTA POR EL CENTRO DE Bogotá, ya no conduciendo; podía mirarlo todo y quedé espantado.

Es verdad que la ciudad careció de armonía urbanística; es muy cierto que puede parecernos extendida y chata; que la principal avenida, la Jiménez, es una culebra, pero al menos amplia; que la calle diecinueve es una vía de piso totalmente resquebrajado, cercada de hollín. Todo eso puede ser y lo padecemos.

Lo que no debería reflejar la ciudad es tanta suciedad y tanto desorden. No puedo creer que la licencia para pintar que parece haberse dado a jóvenes artistas contribuya a ennoblecer la urbe que habitamos. Lo que pintan no es bello y es de un solo estilo de cómics japoneses fatigante, como las letras ilegibles y agudas con que saturan los muros, sin medida, sin tasa, sin control.

La impresión que deja transitar por el centro de Bogotá es de nostalgia por la ciudad antigua, fría, como ha sido siempre y no muy limpia, pero discreta y respetuosa de normas de convivencia. Se consideraba denigrante usar los muros para dejar mensajes y el refrán, de ahora tiempos, rezaba: “La pared y la muralla, papel de la canalla”.

Los tiempos cambian y el muro se ha convertido en un medio de comunicación, que hasta grandes periódicos (este mismo en alguna época) celebraron y destacaron, por la sindéresis y la síntesis de algunas frases murales, para no decir lapidarias.

Pero ahora se agrega que se ha pintarrajeado la ciudad y no por los mejores artistas. Con aquello del libre desarrollo de la personalidad, se respeta su expresión. No hay más de cuatro muros que revelen un esfuerzo, una cierta armonía de muñecos infantiles que tal vez reemplacen con su iluminación los paredones arruinados. Pero basta, no más, no todo el espacio urbano puede ser la paleta de iniciación para las escuelas de arte.

Los grafiteros se multiplican y el asunto debería manejarse de algún modo amigable, educativo. Policía no, por Dios, que han pasado cosas horribles. A estos artistas imberbes qué bueno fuera inducirlos con alicientes a una empresa voluntaria de repintar los muros grafitados y así contribuir a un mayor decoro visual. Todo lo cual es utópico.

Los expresionistas en el arte son otra cosa. Estos son impulsos infantiles por colorear, aunque se den en adolescentes, que deberían ser orientados a una educación artística de mejor nivel.

La ciudad es seria, tiene una historia de nobleza y aun de tragedia, pero en todo caso sublime. No es, no puede convertirse en un recorrido de colorines (mírese la avenida Caracas), como si toda la ciudad fuera un albergue para la infancia.

El paseo por esta Bogotá inhumana hace pensar que no importarían las pobres construcciones ni las culatas de material rústico, ni el desorden urbanístico, si al menos estuvieran las cosas fundamentales en su sitio y sin ofensas visuales. Bogotá central es una vergüenza.

 

 

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