Por: Columnista invitado

La civilización de la pobreza

* Jose Darwin Lenis Mejía

A pesar que Colombia geopolíticamente tiene una ubicación privilegiada, es poco el desarrollo que en materia económica y de condiciones de vida disfruta la población.

Según la Misión para el Empalme de las Series de Empleo, Pobreza y Desigualdad (MESEP) en términos de pobreza totalitaria el 28,2% de los colombianos está en condiciones de pobreza monetaria, lo que se entiende como obtener ingresos insuficientes para comprar alimentos y tener unos niveles básicos de vida decente. Mientras el 17,8% del total nacional se encuentra en situación de pobreza multidimensional. Es decir, con restricciones a servicio de salud, saneamiento básico, educación, vivienda o empleo digno por mencionar algunas variables.

En prospectiva de competitividad, este nuevo siglo muestra magnificas oportunidades para el país. Una de ellas es, comerciar e intercambiar  múltiples productos con China. Esto significa luchar contra la pobreza y entender que la globalización y la apertura económica son valiosas en términos de generación de empleo. No se trata de crecimiento monetario solamente, sino de crecer de forma sostenible con una mayor distribución de riquezas, potenciar la ciencia y forjar un mejor desarrollo humano para la gente.

Intercambiar en materia económica, equivale también a lograr interacción con “nuevas” culturas, nuevos desarrollos educativos y productivos. De paso, permite ayudar a estabilizar la economía nacional que se hunde en un profundo fracaso por la improvisación de las mesas empresariales y los grupos políticos con poder económico. Sabemos que el comercio ilegal es unos de los núcleos principales de la corrupción y aunque esta nos afecta a todos, lo más damnificados en términos de ventas son los pequeños y medianos comerciantes nacionales a los que las autoridades persiguen constantemente o para quienes los pagos de aranceles son humanamente insostenibles.

En Colombia, este desbalanceado crecimiento económico es el motor de las pobrezas, las injusticias sociales, las precariedades institucionales o de algunas prácticas culturales nefastas como la naturalizada corrupción. Por ello, la oportunidad de articular o aperturar el comercio con Asia-Pacífico es movilizar y diversificar la economía en la perspectiva de salvaguardar a los más vulnerables. En este sentido, es claro que se requiere fortalecer acuerdos internacionales de mercados libres e ingresar a la competitividad mundial, pero en condiciones de equidad y sostenibilidad integral.

En materia económica, cuando algo se comercia de forma ilegal, lo mejor es sentar las bases para legalizar esas condiciones o productos y no permitir que haya evasión de impuestos y la desviación de un flujo de capital que va a parar a una economía paralela de venta de productos y  servicios que beneficia a unos pocos. En este sentido, mundialmente hay propuestas esperanzadoras distintas al colonialismo impuesto por el Fondo Monetario Internacional-FMI, por ejemplo la propuesta presentada por el Instituto Schiller de la Nueva Ruta de la Seda como Puente Terrestre Transatlántico/Transpacífico para un mundo y una sociedad de cooperación comercial y económica donde todos ganan por igual. Por ello, el futuro presidente de Colombia y los congresistas, entre otras tareas deben hacer acercamientos directos con el presidente de China Xi Jinping, o colectivos a través de Alianza del Pacífico-AP (México, Colombia, Perú y Chile) para alentar la integración regional ya que la AP equivale al 40% del PIB y el 55% de las exportaciones latinoamericanas.

Con macro-alianzas, es posible instituir nuevos paradigmas político-económicos donde la ciudadanía disfrute de verdad de los derechos humanos en absoluta democracia, libertad y paz.

La inversión en infraestructura, en conectividad y en relacionamientos comerciales hace posible que las poblaciones en pobreza extrema salgan de esa condición y tengan oportunidad de ser ciudadanos del mundo. La dignificación de la calidad de vida de los más pobres es un principio de la agenda nacional e internacional que hay que discutir.

Colombia, más allá de las sombras de las inversiones y exportaciones es un país potencialmente rico, con más de 13 millones de ciudadanos que  reclaman dejar la civilización de la pobreza y ser ciudadanos dignos del mundo. 

Finalmente, dejo las preguntas. ¿Por qué nos aterra la idea de impulsar una economía a escala más humana y social?

¿Es posible aperturar un debate nacional, donde las economías sostenibles se ubiquen como herramienta para combatir la pobreza?

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