Por: Humberto de la Calle

La clase política se adelanta

EXTRAÑO PAÍS DE PARADOJA. Mientras la clase política es vapuleada a diario por la opinión pública, no hay día en que no aparezcan nuevos nexos de miembros suyos enredados con criminales y ocupe una de las escalas más bajas en la valoración ciudadana. Sin embargo ,en ciertas ocasiones da muestras de adelantarse a los acontecimientos y de obrar con responsabilidad que quisieran para sí otros parlamentos latinoamericanos.

La reciente ley de víctimas, además de sus méritos, ha sido una paciente y seria muestra de construcción de consensos. En un tema tan explosivo, y pese a agudas discrepancias, sus promotores, entre los que cabe destacar el Partido Liberal y el Gobierno, fueron recogiendo una a una las piezas de un delicado rompecabezas. Un notable ejercicio de ductilidad política y de visión a largo plazo.

Pero quizás lo más notable de esta ley es que, quizás de manera inédita, se dicta en medio de un conflicto que aún no ha terminado. Este tipo de leyes suele aflorar en la finalización de la confrontación militar. Esa ha sido la experiencia mundial. En nuestro caso, la clase política se ha adelantado al fin del combate y ha señalado desde ahora la ruta de la reconciliación. Es claro que el experimento es osado. Que tiene riesgos. Que no basta con dictar leyes, sino convertirlas en realidad. Que somos mejores para redactar que para ejecutar. Pero aún a sabiendas de todos estos peligros, el paso ha sido gigantesco. Y la lección democrática inmejorable.

Algún experto salvadoreño en el conflicto armado me dijo que la Constitución de 1991 había sido un acto de precipitud. Que el establecimiento había dado el paso de la modernización y del reconocimiento de los derechos sociales sin esperar la contraprestación de la guerrilla. Que ese establecimiento había quedado sin gasolina para negociar porque todo lo había dado antes de tiempo. Aun si este razonamiento fuese cierto, pese a la mezquindad del mismo, la verdad es que este fue otro paso notable de la dirigencia política nacional, aunque en aquella ocasión no estuvo acompañada de la clase política tradicional.

Si alguna prueba faltara, no ha existido reforma tributaria cocinada en los entretelones técnicos del Ministerio de Hacienda y el Departamento de Planeación que no haya sido aprobada en el Congreso. Puede que éste haya actuado con incentivos inconfesables. Pero la reconocida ortodoxia fiscal y el atinado manejo macroeconómico de Colombia no hubieran sido posibles sin la colaboración (otros hablan de sumisión) del Congreso. ¿Qué tal un parlamento alborotado por la retórica populista, atravesándole palos a la rueda de la seriedad en el terreno de la política económica?

Nada de esto opaca los serios problemas de nuestros políticos. Pero en una mirada larga, hay que reconocer ciertas bondades en medio de una situación de grave desprestigio.

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Monumental el pasado congreso dedicado a los 20 años de la Constitución en la Universidad Javeriana. Como dijo Juan Carlos Esguerra, la Universidad se sobró en esta ocasión.

 

 

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