Por: Piedad Bonnett

La cola de la culebra

Ahí están, no se han ido. Son los mismos de siempre, agazapados bajo distintos nombres: los que entre 2016 y lo que va del 2017 han asesinado a 74 líderes de Derechos Humanos reportados por la ONU —y que podrían ser aún más—; los que empiezan a matar a los desmovilizados y a sus familiares, como sucedió hace poco con tres personas en Tarazá, Antioquia, entre ellos una niña de 14 años, para vengarse de Carlos, un exguerrillero de las Farc que permanece en una de las zonas veredales; o los que han desplazado en el Chocó, entre enero y marzo, a más de 3.320 personas, y mantienen a muchas otras en estado de permanente zozobra , sin poder salir a pescar o cultivar.

Nos suena conocido todo esto, ¿no? Y es que como dijo García Marquez en Cien años de soledad, “es más fácil empezar una guerra que terminarla”. Entre otras cosas, porque la guerra deshumaniza a buena parte de los que participan en ella, los familiariza y los insensibiliza frente a la muerte, les seca el corazón, como al Coronel Aureliano Buendía, a quien el frío se le metió para siempre en los huesos y por eso debía usar una manta en el calor atroz de Macondo. Uno de esos grupos estragados por la guerra es el de los elenos, que nacieron como una guerrilla ilustrada, inspirada en los ideales de la revolución cubana y en la noción de justicia cristiana, y que tuvieron entre sus militantes a personas tan valiosas como Jaime Arenas, el cura Camilo Torres y León Valencia, y luego perdieron el rumbo con fanáticos enloquecidos como Fabio Vásquez Castaño. Hoy siguen insensatamente secuestrando y matando mientras sus jefes negocian la paz, como si no hubieran aprendido nada en 50 años de guerra.

El coletazo del conflicto está representado también en los disidentes de las Farc que encontraron que querían permanecer en la guerra, pero ya no luchando por convicciones políticas, sino usufructuando las rutas de la coca, el negocio del narcotráfico y la minería ilegal, como parte de las poderosas bandas delincuenciales. Y en la mano negra de un paramilitarismo que se niega a morir y que, con alianzas non sanctas como se sabe, está aprovechando el vacío que dejan las Farc para apoderarse de las tierras de los campesinos y para asesinar a los líderes sociales que dificultan sus planes. Que no se diga luego, en relación con esto último, que no se vio venir la arremetida de estas fuerzas oscuras, organizadas en una cruzada de exterminio. Pues el riesgo es que se repita el horror de la masacre de la UP frente a la mirada impotente de los colombianos. Entiendo que el Gobierno tenga que ser cauteloso a la hora de analizar estos crímenes, pues no se trata de crear pánico entre los desmovilizados. Pero incurrir en una negación tajante puede ser la peor de las salidas. Negar es algo, sin embargo, a lo que nos han acostumbrado. “Aquí no hay conflicto armado”, dijo Uribe. “El tal paro no existe”, dijo Santos. “No se puede hablar de paramilitares”, ha dicho, insistentemente, el ministro de Defensa. Pero los testimonios se multiplican. Ahí están, esos son, los enemigos de la paz. La cola del odio de una guerra que tenemos que saber cómo terminar.

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