Por: Armando Montenegro

La cola no mueve al perro

La reacción contra un escrito del profesor James Robinson, donde plantea que la clave del desarrollo debe ser la educación y no la reforma agraria, muestra que subsiste en Colombia el convencimiento de que ciertos problemas de la propiedad de la tierra y el desarrollo campesino son los causantes de la violencia, el atraso y la desigualdad en nuestro país.

Buena parte de las ideas vigentes sobre el campo se basa en las realidades de otros tiempos. El 90% de la población del país que trataron de modernizar los radicales en el siglo XIX vivía en zonas rurales y, en ese entonces, la participación de la agricultura en el PIB alcanzaba un porcentaje parecido. Como había una relación directa entre riqueza, miseria y propiedad de la tierra, la política de la llamada desamortización de los bienes de manos muertas tuvo una lógica progresista inocultable. Y, más adelante, el país que quiso transformar la Revolución en Marcha de López Pumarejo no era muy distinto al de Núñez y Mosquera. A comienzos del siglo XX, el 80% de la gente vivía en el campo y la participación de la agricultura en el PIB era superior al 60%. La mayoría de los pobres eran campesinos y los grandes terratenientes se codeaban entre los más ricos del país.

Hoy, cerca del 80% de la gente vive en las ciudades, un porcentaje que sólo crecerá en los próximos años. La participación de la agricultura en el PIB es del 11% y será bastante menor en el futuro. Ninguno de los colombianos en las listas de los más ricos del mundo es agricultor (si acaso tiene alguna explotación agrícola, ella pesa poco en su patrimonio). Entre las 100 firmas más grandes de Colombia no hay ninguna empresa agropecuaria. Son bancos e industrias y negocios de energía, minería, comercio y comunicaciones. Aparecen sí unas pocas agroindustrias, empresas que transforman y comercializan materias primas agrícolas.

Las propuestas de desarrollo rural de La Habana deben adelantarse porque hacen viable un cambio político importante y apuntan a mejorar la situación de los más pobres de los pobres (nacer en el campo es uno de los grandes determinantes de la desigualdad de oportunidades en Colombia). Pero quienes apoyamos el proceso de paz no debemos abrigar demasiadas expectativas. El desarrollo campesino no es la clave del crecimiento económico y, aunque significativo, tampoco es el factor más determinante para mejorar los índices de desigualdad. Los buenos estudios muestran que la contribución de la paz con las Farc al crecimiento económico será marginal (el descenso de asesinatos y secuestros, que tanto afectan la inversión, ya se dio). La redistribución de la tierra tampoco asegurará la mejoría de la seguridad, pues, como bien señala Robinson, la causa de la violencia no ha sido la propiedad rural (y después de la paz, seguirán el narcotráfico y las bandas criminales, alimentadas por disidencias de la guerrilla).

Si con ingenuidad se acaricia la idea de que, como por arte de magia, de los acuerdos agrarios de La Habana brotará, de golpe, un nuevo país, moderno, igualitario y seguro, pronto llegará una gran frustración. Las prioridades de la Colombia de hoy deben ser la educación y la primera infancia, una tributación progresiva, un gasto social que llegue a los pobres, así como la modernización del Estado, las instituciones públicas, la infraestructura y el aparato productivo.

539819

2015-01-24T11:57:19-05:00

column

2015-01-24T21:41:38-05:00

none

La cola no mueve al perro

25

3447

3472

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro

¿Cuándo y cómo terminará esta vaina?

Medidas de emergencia

Por encima de todo...

Ya está aquí...

El virus en la economía