Por: Saúl Franco

La columna 100

Todo acontecimiento puede llegar a ser muy importante o permanecer intrascendente. Completar 100 columnas consecutivas semanalmente en la edición virtual de un periódico significa muy poco en el concurrido y diverso mundo del periodismo de opinión. Pero representa también un enorme esfuerzo por acercarse reflexivamente al devenir social en ciertos temas, compartir ideas, provocar discusiones y soportar insuficiencias propias y eventuales contraataques.

Una columna de opinión es una especie de ventanita al mundo. De conversación íntima y sostenida entre los hechos públicos, el pensamiento propio y las ideas e intereses de los lectores/as. De acercamiento personal, pero siempre compartido, al pulso agitado y cambiante de los acontecimientos. Porque si el pulso es uno de los signos vitales, que indica la fuerza de la sangre en movimiento, una columna de este tipo es una aproximación reflexiva al flujo turbulento de la vida en sociedad. 

A poco más de dos años de haberla iniciado, esta columna llega hoy a su número 100. Un hecho tan intrascendente que creo que sólo yo lo registro. Pero tengo múltiples constancias de que el esfuerzo no ha sido en vano. Lo percibo cuando me entero de que algunos grupos de estudiantes, dentro y fuera del país, la discuten con relativa frecuencia. Cuando me hacen saber que colocan su copia en la cartelera de algunos hospitales en regiones apartadas de Colombia, o la reproducen en otros medios cada semana. O cuando me llegan comentarios agudos, críticas fundamentadas y sugerencias enriquecedoras de lectoras/es conocidos o desconocidos. Este placer solitario de escribir obra el milagro de hacerlo sentir a uno hablando, sin verlos, con cientos de interlocutores anónimos y, por tanto, lo obliga siempre al rigor, el respeto y la tolerancia.

Debo confesar que una de las mayores dificultades de este oficio es la selección del tema semanal, ante la avalancha ininterrumpida de hechos en los campos que a uno le interesan. Comparto, por ejemplar, el caso de esta semana.

Al principio quería escribir sobre las dos alternativas que se perfilan en la ronda decisoria de las elecciones francesas y, en particular, sus proyectos de bienestar social y salud, sus implicaciones para la reconfiguración política de Europa y el mundo, y el problema de los refugiados. Luego sentí que la agudización de la confrontación en Venezuela, no entre el presidente Maduro y Capriles o Leopoldo López, sino entre dos proyectos de sociedad, dos bloques de poder y de intereses nacionales y trasnacionales, cada uno con sus motivos, limitaciones y errores, me imponía el imperativo ético-político de arriesgar una opinión al respecto. Entre tanto, cómo no reaccionar ante el otro atentado con carro bomba en Siria, que mató a 125 desplazados, entre ellos 68 niños. O ante el viaje del papa a Egipto, con un mensaje ecuménico, de convivencia entre creencias distintas y de rechazo “a la violencia en nombre de Dios”.     

Y en la agenda nacional, cómo elegir entre la agudización de los infanticidios y feminicidios. Los avances y tropiezos del proceso de paz, incluyendo las recientes amenazas a los esfuerzos por esclarecer la verdad de lo que pasó y hacer así posible la reconciliación y la paz; y el torpe e intolerante rechazo de las directivas del Congreso al ingreso al recinto de dirigentes de la insurgencia. O el interesante y polémico informe que acaba de presentar una comisión sobre cómo mejorar la educación médica en el país, cuya lectura recomiendo y cuya discusión abordaré aquí otro miércoles.  Como ven, terminé por no tratar hoy a fondo ninguno de semejantes temas.

Compartida y ejemplarizada esta angustia semanal, cierro esta columna 100 agradeciendo al periódico, a los lectores/as asiduos y a los ocasionales. Invitándolos a continuar el debate, objeto del periodismo de opinión. Y reafirmando el compromiso de persistir en este oficio —exigente y estimulante— con entusiasmo, rigor y honestidad.

* Médico social.

 

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