La comida en tiempos de pandemia

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Millones de personas en Colombia y en el mundo hemos redescubierto en estos tiempos el sentido y la fragilidad de la vida. Han resurgido prioridades y preocupaciones de las sociedades y de las personas que estaban sepultadas en la danza de las superficialidades, inmediateces y sandeces que habían logrado copar el horizonte de vida.

Regresan a la escena verdades y reclamos reales y no de apariencia: la salud, la alimentación y el medio ambiente, el trípode que sostiene a la vida. Hoy se empieza a entender que por encima de cualquier consideración económica de competitividad o de lo que sea, deben ser garantizados por la sociedad misma, sin depender de terceros países para ello. Son dimensiones vitales que hacen parte de los conceptos de soberanía y seguridad nacional, los aportes externos son siempre un complemento y nunca un sustituto de lo interno, de lo nacional, de lo propio; dejando claro que, en lo referente a salud y medio ambiente, las fronteras nacionales son inexistentes.

La pandemia vuelve a colocar la agricultura frente a su tarea - su función primigenia, la que le dio nacimiento hace milenios: producir alimentos para satisfacer las necesidades nacionales. A un segundo plano pasarían las imposiciones, surgidas en el último medio siglo de priorizar la producción de materias primas para la industria y de “commodities” para la exportación y con los desvalorizados dólares recibidos en pago comprar la comida para los colombianos, mendigada en unos mercados internacionales controlados por vendedores transnacionales oligopólicos ; mercados especulativos sometidos a avatares incontrolables, frente a los cuales no queda sino inclinar la cabeza y contar las monedas para pagar el precio que impongan.

Hablamos de una comida que en un 60% cultivan los pequeños y de la cual más de la mitad se pierde, debe botarse, por absurdas y subsanables deficiencias en el mercadeo –desde la ausencia de las vías terciarias para conectar la vereda con el pueblo, la falta de procesos de postcosecha para organizar y valorizar el trabajo campesino, cadenas de frío, información de mercado que les llegue al celular para que no salgan al mercado a que los masacren y les cueste más el flete que lo que les pagan; romper la cadena de vampiros de la intermediación de donde el productor campesino, aislado y desorganizado sale desplumado y literalmente anémico, para lo cual la asociación y la información de mercado son el único antídoto conocido.

El mercadeo de la producción campesina, que es producción de comida, es la urgencia mayor para garantizar la seguridad alimentaria y condición de supervivencia y avance de los campesinos, especialmente los que están en los territorios del postconflicto y en la lucha por escaparse de las garras asesinas del narcotráfico, pues sin comercialización organizada y efectiva, no hay sustitución de cultivos que sobreviva.

Luego vendrán las otras tareas y compromisos rurales, pero sin sacar estas adelante y ahora, al amparo de las urgencias y replanteamientos nacidos de la pandemia, serían tan estériles en su capacidad de transformar a esos campesinos y sus comunidades, como lo es el latido del perro a la luna. Insistamos en el punto, son acciones que se articulan con el esfuerzo por liberar a los colombianos de una amenaza de crisis alimentaria como sobremesa del coronavirus. Menos discusión y más acción, que la crisis no da espera.

 

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